Transcripciones
Lección 1: Una Evidencia Incómoda
Podemos comenzar nuestro estudio, reflexión y meditación. Voy a hacer todo lo posible para enfocar el contenido de la manera que sea más beneficiosa para ti, puede ser un tema que se exprese de una manera muy sucinta, en quince minutos, o puede detallarse en una presentación que tomaría meses, ya que hay mucho que ver, y el marco, por decirlo así, es el Bhavachakra.
Existe una bella imagen de la pintura, un diagrama, un infográfico budista, que se llama la Rueda de la existencia o el Ciclo del devenir. De acuerdo a la tradición, este diagrama fue compuesto por el mismo Buddha histórico, Shakyamuni. Ahora no recuerdo el rey exactamente, pero el Buddha tenía un discípulo que era un famoso rey y una vez acudió al Buddha a pedirle consejo, había recibido del rey del pueblo de la nación próxima un regalo extraordinario: una capa incrustada con joyas, algo muy lindo, muy bello, muy valioso, y al rey no se le ocurrió qué regalo podía devolver como un gesto de agradecimiento a ese rey. Entonces, le preguntó al Buddha: «Mira, tengo un dilema. Este rey tan importante me ha hecho este regalo tan valioso, tan bello, tan elegante y no sé de mi parte qué le puedo dar, yo no tengo los mismos recursos». El Buddha dijo: «Regálale una pintura. Trae a tus mejores artistas y yo les digo lo que tienen que dibujar». El Buddha les indicó que dibujen la Rueda de la existencia, el Ciclo del Devenir, y el rey que recibió este regalo tuvo un gran impacto, una gran realización sólo al ver esta imagen que, de alguna manera, detalla o señala lo que es la vida, la vida samsárica y, por ende, indirectamente, cómo liberarnos de todas las trabas que nos están autolimitando. Es un diagrama muy importante que viene del mismo Buddha.
Como ven, se trata de una rueda que representa un ciclo, nuestro universo samsárico, y está en las fauces, sostenido por los colmillos, las garras de Yama que es la personificación de la muerte. Fuera de esta rueda, de este universo samsárico, se encuentra el Buddha, a mano derecha. En la mayoría de las representaciones el Buddha está señalando la luna, que representa la liberación. Aquí, el Buddha está señalando Sukhavati —en tibetano Dewachen—, que quiere decir el paraíso de gran gozo que viene a ser el mandala del Buddha Amithaba y que representa liberación, es un lugar extraordinario, más allá de samsara, donde podemos encarnar para crecer, madurar de una forma acelerada hacia la iluminación.
Este diagrama se presta para profundizar en muchos de los aspectos más importantes de las enseñanzas del Buddha, comprendiendo los velos, cómo se relacionan los velos y, por ende, también comprendiendo cómo podemos interrumpir este ciclo vicioso que se retroalimenta, que es samsara. Como ven, es una rueda, tiene un eje con tres animales, rodeado de tres anillos o círculos concéntricos. En esta sesión vamos a explorar el centro, el eje donde empieza todo, nuestra historia muy antigua.
En este centro vemos a tres animales: un cerdo, una serpiente y un gallo, algunas veces, en vez del gallo es una paloma, un ave, y se suelen representar de dos maneras diferentes, esta pintura viene de una galería en Nepal, en Boudha, que se llama Imágenes de la Iluminación, Enlightened Images, que producen arte muy lindo y muchas veces nos ceden las imágenes para el calendario Paramita que publicamos todos los años y regalamos a los amigos de la fundación. De la boca del cerdo está saliendo la víbora y también el gallo. A la vez, la víbora está mordiendo la colita enrulada del cerdo, queriendo decir que se retroalimentan. El cerdo aquí representa la ignorancia; la víbora, la ira, y el gallo, el deseo, el apego y demás.
La mayoría de ustedes han escuchado en diferentes cursos el gran problema que representan los estados aflictivos, es decir, básicamente los estados mentales que, algunas veces, resumimos como emociones tóxicas, pero no son sólo emociones tóxicas, son estados mentales que incluyen dogmas personales, son estados que distorsionan nuestra percepción de la realidad subjetiva y objetiva, y nos llevan a actuar de una manera nociva, que crea daño para otros y daño para nosotros. Vamos a dar un paso atrás y comprender cómo llegamos a este punto de estar saturados, me atrevo a decir, por estos estados aflictivos que en sí, antes de producir acción, ya en sí son malestar y sufrimiento, no son un estado natural, no son el estado de un ser iluminado, de un ser noble.
El cerdo representa la ignorancia y la ignorancia se puede comprender de diferentes formas. Mínimamente hay dos niveles de ignorancia: la ignorancia fundamental, existencial, y la ignorancia aflictiva, mental. Aquí el cerdo representa las dos. Al no tener acceso al estado natural de la mente, que podemos, de acuerdo al vajrayana, llamar la mente pristina; se crea un vacío existencial, se crea una confusión, un no saber, y en ese vacío implantamos el yo, lo que llamamos el yo inherente, técnicamente se llama autoaferramiento, quiere decir la cosificación, la cristalización del aspecto subjetivo. Aparte de mente, conciencia y procesos mentales, aparte de cuerpo, hay algo que perdura aparentemente en el tiempo, que es independiente de mente, cuerpo y el universo que nos rodea. Usamos el término más moderno de Freud, ego, pero no solapa perfectamente, el término budista es autoaferramiento, que se expresa como la ignorancia fundamental, o sea, es la primera capa de distorsión, que no nos permite tener acceso a quien realmente somos, al estado impoluto, al estado puro, natural de nuestra mente.
Esta fabricación, este artificio que hemos impuesto —falso yo— no es compatible con la realidad, está inmediatamente en contradicción con quienes somos, por lo tanto, requiere mucho mantenimiento. Es como tener en tu jardín una planta que no es autóctona, por tanto tienes que mimarla, cuidarla, regarla; incluso algunas plantas tienen que estar completamente clausuradas con su aclimatación muy especial a nivel de humedad y nutrientes. Nos pasa un poquito en el monasterio —en Denia—, porque es una zona bastante seca y en la que los cactus florecen naturalmente, pero si quieres tener alguna otra planta hay que cuidarla y mimarla mucho.
El falso yo tiene su sombra, que quiere decir su miedo existencial, el miedo a no ser. Cuando uno se implanta, «yo soy», simultáneamente surge, de forma paralela, el miedo «a lo mejor no soy» (risa), y a ese miedo existencial le llamamos egocentrismo. Por favor, todos los términos que vamos a emplear, traten de mantenerlos abiertos, porque, dependiendo del contexto, van a tomar un matiz u otro, y no necesariamente van a coincidir con su uso cotidiano en otros ámbitos, a nivel académico, o en su uso social. Egocentrismo aquí quiere decir una preocupación no conceptual, un miedo primario, visceral, de no ser. Es casi como un vivir en un estado de emergencia continuamente, casi como si estuviéramos en una guerra en la que todo puede cuestionar nuestra existencia y todo lo que está respaldando esa existencia: lo importante que somos, nuestras identificaciones, nuestro valor, nuestras cualificaciones, nuestro potencial; todo es dudoso, todo está en riesgo de ser destapado, la ilusión puede desaparecer en cualquier instante. Y eso nos lleva a ser muy reactivos, reaccionarios. Estamos viviendo en un estado de emergencia, y parece raro que os diga esto porque no lo sentimos, aquí estamos tranquilos, sentaditos, en paz, «y aquí el Khenpo me está diciendo que estoy en guerra… ¡yo no escucho las bombas!, ¿dónde está la metralleta?». Y eso es porque lo hemos normalizado, es tan prevalente no sólo en esta vida, sino por muchas vidas, que ahora lo hemos normalizado.
No sé si recuerdan —yo me crié en Estados Unidos— hubo una época después del 9/11, ese terrible ataque que sufrió Manhattan, Nueva York, y también Washington D.C., en la que el Departamento de Defensa de Estados Unidos instaló un código de alarmas —creo que había cuatro niveles: amarillo, ámbar, naranja, rojo— que definía el nivel de alerta que debía tener básicamente todo el país, no sólo los servicios del ejército, de seguridad, sino la ciudadanía. Luego salía el que sería equivalente al ministro de Defensa en España, Donald Rumsfeld, y decía: «No sé dónde, no sé cuándo, pero algo terrible va a pasar». Ahí, en ese momento, el riesgo normal aumentaba, era fuera de lo normal, las personas entraban en un estado de hiperalerta, hipertensión. Para nosotros estar en alerta es cuando hay una amenaza muy fuerte, muy directa, muy grave, es un pico; pero desde la perspectiva de un ser noble, un ser realizado, cuando ellos nos miran a nosotros nos ven desquiciados, frenéticos, nerviosos, temblando y piensan: «¡Pobrecitos, están desgraciados!». Pero nosotros estamos viviendo tanto tiempo, como ahora viven en Ucrania, que ya lleva más de un año en guerra y los soldados en las trincheras, en el frente, llegan a un punto de normalizar esa tensión, esa amenaza.
Aquí tenemos que aprovechar estas enseñanzas del Buddha, porque nos dan una perspectiva diferente de nuestra vida. Eso es tan valioso. Nosotros tenemos mucha experiencia, una perspectiva clara, pero, a la vez, lo que está pasando ahora mismo se puede ver desde una perspectiva tan diferente que abre una puerta, nos da la oportunidad a redefinir quiénes somos, lo que está pasando y qué podemos hacer para mejorar si nos abrimos a esta experiencia.
Este estado de hipernerviosismo, de alerta, de supervivencia, de guerra que hemos normalizado, que llamamos egocentrismo, y en el que hay una exagerada preocupación por lo que me va a pasar a mí, nos lleva a descuidar los intereses y las necesidades de otro, es lo opuesto al altruismo. Pero no es solamente por egoísmo, está impulsado por la ignorancia, por la confusión de mantener algo que no es sostenible, el falso yo.
En este estado reactivo, nuestro radar sólo está abierto, los sensores sólo están detectando eventos pico, que pueden amenazarnos o pueden ofrecer salvación, todo lo demás, el radar del egocentrismo lo descarta, lo ignora, es ruido en el fondo. Destaca sólo las amenazas más graves y las promesas de salvación más buenas, y lo hace a través de unos sensores que miden las sensaciones —más adelante lo vamos a ver con un poquito de más detalle, pero es bueno introducirlo ahora—. ¿Qué quiere decir? Que nuestros cinco sentidos sensoriales, cada uno de ellos, tiene un objeto correspondiente: la facultad visual atiende a color y forma, y cuando la facultad visual recibe esa estimulación de color y forma crea una impresión visual, lo que llamamos la conciencia visual. Inmediatamente después, hay una sensación. Este es un término técnico que describe un proceso mental, no es el tipo de sensaciones «¡siento que tengo que ir a la playa!», no es ese tipo de sensaciones, «me siento bien», quiere decir que a nivel psicológico —algunas veces se llama tono hedónico—, la estimulación sensorial tiene ese impacto, produce conciencia táctil, auditiva, visual, y tras esa experiencia o percepción, si queremos ser técnicos, surge un proceso mental que es una sensación y puede ser de tres tipos: agradable, desagradable y neutral.
Muchas de estas sensaciones son respuestas fisiológicas muy necesarias para preservarnos. Si te apoyas en un cactus, te pinchas, el cuerpo, el músculo se retrae; hay una sensación muy desagradable abrazando a un cactus. Si saboreamos algo dulce, por toda nuestra evolución a través de muchas especies, hay la sensación agradable que produce el dulce y nos lleva a interesarnos por la comida que la está produciendo, porque casi todas las comidas dulces se pueden ingerir y todas las comidas amargas en la naturaleza tienen algo de veneno, y por eso, hoy en día, la industria de la comida satura casi todos los productos con azúcar agregado, por ejemplo, hay sopas instantáneas que no necesitan azúcar, sólo sal, pero le agregan azúcar porque, sin darte cuenta, eso crea adicción a ese producto.
Tenemos la reactividad del egocentrismo, esta sombra que proyecta el falso yo, el ego, el autoaferramiento, que sólo está considerando, valorando las sensaciones que producen las experiencias. Y curiosamente, la mayoría de nuestra vida, la mayoría de nuestras experiencias producen sensaciones neutrales. Imagínate, si pones un instante de atención en tu trasero, el contacto con la silla, eso es percepción táctil, ni fu, ni fa —ojalá ni fu, ni fa (risas)—, simplemente está produciendo una sensación neutral, no te incomoda, no hay un pincho, no hay nadie haciéndote masajes en el trasero, sino que es neutral. Pero como no atiende esa necesidad visceral que tiene el egocentrismo de sobrevivir y garantizar su existencia, todo lo que produce una sensación neutral es descartado y a eso le llamamos indiferencia, o incluso se puede tornar en apatía —«¡me da igual!»— y esto no es una idea, es una respuesta impulsiva, inmediata.
Aquí entra la segunda ignorancia, la ignorancia que podemos llamar aflictiva, mental, que se puede describir de dos maneras: una es amplia, que es el modus operandi, que es el sistema operativo del egocentrismo, en el que estamos incapacitados de razonar y discernir porque estamos reaccionando impulsivamente a estimulación, y no sólo a la estimulación, sino a las sensaciones que producen las estimulaciones. Ese sistema operativo es lo que llamamos ignorancia aflictiva, ¿por qué?, porque no sabemos distinguir lo que es bueno de lo que es malo, lo que es beneficioso de lo que es dañino, no tenemos la oportunidad de valorar, evaluar y discernir, porque el egocentrismo reacciona impulsivamente por dos cosas, dos energías muy primarias: esperanza y miedo, como dije antes, miedo a no existir y esperanza de sí existir, y estas dos energías realmente son dos caras de una única moneda, están proyectadas hacia el futuro; como hay tanta duda, no hemos confirmado experiencialmente nuestra existencia, es una leyenda, un mito, estamos buscando de forma desesperada evidencia y tememos a la evidencia contraria. Estamos apostando por algo en el futuro que nos rescate, que nos dé alivio, que nos dé garantías, que nos dé, en realidad, las cualidades que tiene la mente natural y prístina.
Esto es muy profundo, muy interesante. La mente natural, que hoy está envuelta en una serie de velos emocionales y conceptuales, ya es suficiente, no está estructurada ni limitada por parámetros, es un estado infinito que no ve, que no se divide en sujeto y objeto. Es un estado de gozo, de dicha, como reportan los grandes místicos, no sólo los grandes yoguis tibetanos o budistas, sino los grandes practicantes de todas las tradiciones que llegan a descubrir, sólo a vislumbrar, lo que puede ser esta mente natural y son invadidos por un gozo muy natural, incluso algunos lo llaman éxtasis. Es un estado de paz, es paz, libertad infinita más allá de todo parámetro y gozo simultáneamente.
Intuimos a un nivel muy profundo que ese es nuestro legado, nuestra naturaleza y estamos haciendo todo lo posible para tener, regresar, acceder a ese estado infinito, a ese gozo, a esa paz, a esa libertad. Y, dice Shantideva, como no sabemos hacia dónde tirar, estamos tratando de reproducir —aunque sea con un simulacro muy pobre— alguna de estas cualidades naturales con experiencias allá afuera: fiestas, vacaciones, gratificación inmediata, poseer, conquistar, hacer deportes extremos donde la adrenalina corre por las venas, llegamos a ese pico de estar muy vivos, presentes y excitados, pero nada llega a satisfacernos completamente, porque nada llega a ese estado infinito y puro, atraviesa muchos filtros, muchas capas.
Desde la perspectiva del Mahayana, todos los seres, no sólo los seres humanos, tienen esta mente prístina y anhelan por igual regresar a ella. A veces se simplifica como que todos los seres quieren bienestar y felicidad, pero no sólo eso, quieren estos cuatro aspectos: paz, libertad, gozo, bienestar, felicidad y el estado infinito.
Para completar la idea —a ver si acabamos con el cerdo (risas)—, el egocentrismo tiene estos dos niveles: el primero, el primario que he descrito y es este nerviosismo que apuesta por el futuro con esperanza y miedo, y se expresa, se manifiesta como métodos o mecanismos de compensación por no estar iluminados, por no tener acceso directo a ese estado infinito, a ese estado puro, a ese estado de gozo, a ese estado de paz, y compensamos, buscamos algo de alivio en lo que llamamos los ocho dharmas mundanos:
- Tratar de conquistar pertenencias, bienes, pelear contra la pérdida.
- Conquistar a personas, su cariño, su aprobación y pelear contra sus críticas y demás.
- Buscar placer hedonista, gratificación inmediata y pelear contra la incomodidad.
- Buscar ser importante, destacado y pelear en contra de ser ignorado o abandonado.
Y si lo reflexionan, estos ocho —realmente son cuatro métodos de compensación que tienen dos pares, uno es a favor y otro es en contra de su opuesto— están tratando de hacer lo mejor posible en samsara, de crear un pequeño simulacro de abundancia, un pequeño simulacro de estado infinito, de estado de gozo, de estado de libertad y estado de paz. Pero nunca llegamos a estar completamente satisfechos y es muy condicional; depende de tantas cosas, personas y fenómenos que están regidos por la impermanencia, así que aunque haya un pico de gratificación inmediata, nos deja incluso más vacíos que ese helado que se derrite —helado de dulce de leche, de chocolate—.
Este egocentrismo, que tiene estos dos niveles —esperanza y miedo— y que se expresa como los ocho métodos de compensación de egocentrismo es un sistema operativo, es el sistema operativo de samsara; es la ignorancia del cerdo, la ignorancia de la aflicción mental. Y después, para completar la idea, se especifica en relación a la estimulación neutral, toda experiencia que incluye experiencia mental, que produce una sensación neutral. Ahí incluso, en lo neutral, tan paranoicos somos que incluso cuando algo neutral sucede reaccionamos de una forma exagerada descartando a esa persona, a ese evento, a esa comida, esa bebida, lo que sea, creando indiferencia porque no sabemos qué hacer, no sabemos cómo valorarlo, porque nuestra métrica, el criterio que empleamos para definir instintivamente si algo es bueno o malo es si produce una sensación agradable o desagradable, desafortunadamente.
Y, si somos muy honestos, vamos a ver que la mayoría de nuestra vida se rige por estas respuestas, reacciones impulsivas, instintivas. La mayoría de las veces no estamos discerniendo con toda la evidencia que tenemos a nuestra disposición y valorando cuidadosamente «qué va a ser más ventajoso para mí y para los demás a mediano y largo plazo». La mayoría de las decisiones son inmediatas, impulsivas. Lo puedes probar hoy al mediodía cuando vayas al restaurante y mires el menú… cuántos cuentan calorías.