Lección 2: La realidad siempre gana
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Lección 2: La Realidad Siempre Gana

Continuamos ahora con el estudio y la reflexión. Vamos a recapitular. Estamos enfocándonos en el centro del Bhavachakra -el ciclo, la rueda de la existencia, el devenir- y podemos decir que el origen, la causa de todo mal es la distorsión primaria de la ignorancia fundamental y representada aquí por un cerdo. Hay esta mente natural prístina, que se encuentra hoy obstruida por velos. Se puede explicar como dos velos, dos oscurecimientos: emocional y conceptual; se puede explicar como tres oscurecimientos: autoaferramiento, aflicciones y karma; se puede explicar como cuatro velos, de acuerdo al majayana, en el que se agrega esta idea del egocentrismo, que yo encuentro muy beneficiosa para comprender cómo vamos de la ignorancia a un estado aflictivo, a una emoción negativa. Y el cerdo es un vehículo muy bueno para comprender esa relación causal.
La ignorancia fundamental es ese autoaferramiento que, en la ambigüedad de no saber quiénes somos, instala el falso yo, cristaliza, cosifica el aspecto subjetivo y, como no es algo natural, algo sostenible, entonces, simultáneamente, tememos no existir. En la medida en que demandas, proyectas, insistes en esta falsa metaidentidad del yo absoluto, en esa medida crece esa sombra que nos amenaza, esa sombra es la energía más tóxica que puede haber y se expresa de dos maneras: a un nivel primario, como esperanza y miedo y, a un nivel activo, manifestado, como los ochos dharmas mundanos, básicamente como todos los intentos para buscar el alivio que podamos encontrar en el mundo, y si no los encontramos en el mundo, los recreamos en nuestra realidad virtual, reciclando experiencias gratas del pasado, o rumiando sobre experiencias traumáticas del pasado. O si no, nos proyectamos hacia el futuro con fantasías, imaginando cosas maravillosas que nunca van a suceder, y también temiendo cosas horribles que tienen mínima posibilidad de suceder. Y eso ocupa mucha de nuestra energía, mucho de nuestro tiempo, causando mucho sufrimiento innecesario, que sólo sirve para debilitarnos.
Este sistema operativo de hipervigilancia, hipernerviosismo es la ignorancia aflictiva y después se expresa simplemente como indiferencia hacia las sensaciones neutrales. Para mí es ventajoso verlo como aspecto causal y aspecto resultante, entonces, el aspecto causal de la ignorancia aflictiva es el no saber y en este sólo tenemos los sensores que están esperando alarma o bandera roja, algo que prometa salvación y algo que indique amenaza, y sólo a través de sensaciones, sensaciones tras las experiencias. Ese es el aspecto causal y genera impacto -el resultado- cuando experimentamos las sensaciones neutrales de indiferencia y apatía. Y esto es lo más difícil de comunicar porque está tan cerca, tan asumido, es algo tan prevalente que no podemos detectar, pero es lo más importante que está ocurriendo en nuestra vida, lo más importante de detectar si queremos hacer un cambio significante en nuestra vida.
Hoy lo que predomina es la pasividad. Estamos en el asiento de pasajero, no conduciendo con las manos en el volante nuestra vida, no tomando decisiones, no teniendo iniciativas que inicien movimientos. Estamos reaccionando a lo que llega a nosotros. Nosotros no estamos dando un paso valiente hacia la verdad, hacia la ecuanimidad, hacia la paz, hacia el despertar, estamos a la espera de que algo maravilloso suceda o a la espera de que algo horrible suceda. No nos damos cuenta que estamos con los brazos cruzados, reclinados y muy anestesiados, casi como si fuéramos un robot perdido, que no sabe cómo recargar sus pilas y entra en un estado de hibernación para conservar su energía, pero mantiene una antena en alto por si las pulgas, por si las dudas, aparece una amenaza, estamos en hibernación, en un estado latente, adormecidos y sólo nos activamos si aparece esta bandera roja, si saltan las alarmas, casi como si fuéramos un bombero, es un oficio maravilloso -seguramente por aquí está un amigo que es bombero-, pero, normalmente, en el cuartel de bomberos están principalmente jugando a las cartas hasta que saltan las alarmas y ahí corren, se visten, bajan por el tubo y valientemente van a enfrentar el incendio y salvar vidas. Somos, sentimos que somos un guerrero élite que está almacenado en algún sitio, esperando, conservándose para el ataque, para la guerra, para el incendio, «si no hay fuego no me llames, no me molestes, no vale la pena, no es digno de mí, déjame conservar energía, estar aquí adormecido, reclinado pasivamente».
Van a escuchar muchas cosas tristes y lamentables, esta es la primera de ellas, pero detrás se esconde una oportunidad maravillosa para dar un giro y transformar nuestra existencia. La primera noticia lamentable es que vivimos una porción muy pequeña de nuestra vida, o sea, nuestro corazón late, nuestros pulmones respiran, pero no estamos vivos porque la conciencia, la mente, no está activa y no estamos participando voluntariamente en lo que transcurre. Eso es muy triste y lo podemos ver cuando llevas la vista atrás e intentas recordar lo que ha pasado este año, ¡qué rápido pasó!, porque estabas dormido. ¿Cuántas memorias tenemos? A propósito, si buscas el disco duro, los archivos, ¿cuántas memorias de enero, de febrero, de marzo, de abril tienes?, escasas, y si son memorias probablemente había una bandera roja, una sirena gritando. Ese es el primer mensaje triste: que nuestro cuerpo está vivo, pero nosotros no estamos viviendo, no estamos realmente aprovechando esta vida, aprovechando la oportunidad de desarrollo espiritual, me atrevo a decir que meramente viviendo. Es como en los colegios, cuando el profesor o la profesora toma asistencia, pasa la lista, es tan patético, parece que el estudiante tiene que hacer tanto esfuerzo para levantar la mano, necesita como una grúa, «sí, estoy aquí», simplemente para decir «yo estoy aquí» hace tanto esfuerzo, dentro de poco habrá un robot que capta y lee el rostro y dice "presente"; está respirando, las señales vitales están bien… y nosotros no estamos muy lejos de ser como ese adolescente adormecido, anestesiado. Ese es el primer mensaje.
El segundo mensaje -¿están preparados?, este fin de semana no voy a usar muchas almohadas, serán golpes directos, el tiempo aprieta- es que incluso cuando estamos despiertos, estamos descartando el noventa y ocho por ciento de nuestra vivencia y experiencia, porque no se enciende la alarma de promesa salvadora o de amenaza vital. Las experiencias cotidianas producen principalmente una sensación neutral, ahí estamos ausentes, no estamos activos, no estamos interactuando, no estamos eligiendo, no estamos participando, no estamos creando karma que crea cambio.
De todas las cosas que son dañinas en el universo, el pecado mortal para el Bodhisattva es la pasividad. Fué una gran sorpresa escuchar eso de uno de mis lamas, porque hay una lista muy grande de acciones dañinas que afectan negativamente al mundo, pero incluso esos actos volicionales de querer estafar, engañar, mentir, dañar, agredir a una persona, van a crear algún movimiento que va a dar la oportunidad de corregir, el efecto doloroso es un incentivo para reconocer un error e implementar un cambio, pero la pasividad produce más pasividad, es lo que llamamos karma neutral, estamos pasando o tocando el segundo anillo que ven, blanco y negro, que representa el karma. Hay tres tipologías: karma neutral, karma positivo y karma negativo, y estas tres tipologías se resumen dentro de lo que llamamos karma mundano, hay otra clasificación que llamamos karma espiritual y de este tipo hay dos karmas espirituales: los que están impulsados por pratimoksha y los que están impulsados por bodhichitta -pratimoksha es la motivación de liberarnos de samsara y bodhichitta es la motivación de lograr la perfecta iluminación para el bien de todos los seres-. Así, podemos decir que hay cinco tipos de karma en dos clasificaciones.
¿Por qué ésta es la debilidad, el daño, el peligro mayor de un Bodhisattva?, porque incluso si cometes un error puedes aprender de él, pero si no lo intentas nada pasa. No sólo nada pasa para ti, sino que no te aporta la oportunidad de ayudar, de beneficiar a los demás. Es preferible errar que no hacer nada, que no intentarlo, que entrar en este estado de pasividad, de indiferencia, de apatía, ese es el daño número uno. En una ocasión, uno de mis lamas lo dijo de una forma muy fuerte, no sé si tengo la valentía incluso de mencionar lo que dijo, ¡es tan radical! Estaba en Nueva Jersey, Estados Unidos, en un grupito pequeño de quince personas, recibiendo una enseñanza de este lama y yo creo que toda la audiencia, doce de esas quince personas, eran de ascendencia judía. En Nueva Jersey, en Nueva York, hay muchos judíos y muchos se interesan en el Dharma, tengo muchos amigos que son ahora grandes practicantes budistas. Viendo tanta apatía en el grupo, el lama decidió ser un poco provocador, provocativo y decir: «Está más cerca de la iluminación Hitler que alguien que no hace nada, ni bueno ni malo». Escuchar eso es muy raro porque, primero, Hitler es la personificación del mal, alguien completamente diabólico que causó tanto sufrimiento y muerte innecesaria, y aquí, aparentemente, este lama está diciendo -no yo, este lama- que, es incluso peor no hacer nada, desde la perspectiva de qué es más ventajoso para madurar, crecer en el camino. Y la lógica es muy simple: nada produce nada, y el mal, el error, el daño, produce sufrimiento, que es muy negativo, muy doloroso. O sea, con toda seguridad, Hitler tuvo que experimentar, no sólo en sus últimos años, sino en las próximas encarnaciones mucho sufrimiento y mucho dolor por el karma que había creado. Pero eso es movimiento. Sufrimiento también es movimiento, energía; son experiencias que dan la oportunidad de reconocer errores, de hacer cambios. No tenemos que ir a este ejemplo extremo. Lo aterrizamos en nuestra vida. Como dije antes, ¿qué es preferible, no hacer nada o cometer un error? Del fracaso se puede aprender, de la nada no se puede aprender. Para alguien que quiere avanzar en el camino espiritual y le urge hacerlo porque quiere asistir y beneficiar y reducir el sufrimiento de los demás, tiene que ser aventurero, hay que arriesgarse, hay que hacer todo lo posible para crear cambios positivos. En ese contexto es mejor errar, tropezarse, qué no hacer nada, no arriesgarse. Ahora, por favor, no editen este video en 30 segundos fuera de contexto. No quiero ninguna bomba en el correo. Todo está en el contexto.
Si anhelamos, si queremos hacer todo lo posible para ser un guerrero espiritual, un bodhisattva y aportar algo de valor a la vida de los demás en esta y futuras vidas y, finalmente, de la mejor manera, como Buddha, entonces tenemos que participar, tenemos que elegir, tenemos que actuar conscientemente, de la mejor manera posible. Eso es muy importante. Lo peor es la pasividad.
Ahora que tenemos esa parte clara, las otras dos emociones primarias, reacciones primarias del egocentrismo casi se definen solas. Cuando surge una experiencia con una sensación agradable, la reactividad del egocentrismo va por esa sensación, trata de extenderla, es casi como si estuvieras comiendo un manjar, no quieres tragarlo, quieres saborear ese dulce, ese picante, esa anchoa, lo que sea, todo el tiempo que puedas en tu paladar, estiras a lo máximo esa experiencia y te aferras al objeto, te aferras al objeto que está aparentemente produciendo esa sensación agradable y tratas de poseer ese objeto, de poseer a esa persona, y ese impulso, esa reacción impulsiva hacia sensaciones agradables es toda la gama del deseo, del ansia -aquí vamos a utilizar dos palabras técnicas, una es ansia y la otra es aferramiento-, que culmina en adicción y dependencia. Y el otro extremo, cuando hay una experiencia que produce una sensación desagradable, queremos que acabe lo antes posible. Hay un rechazo hacia esa experiencia, generamos aversión, rechazo y a partir de ahí surge toda una gama de emociones que culminan en la ira, en el enfado, incluso se expresan como violencia, como acción hacia la sensación y hacia lo que produce, aparentemente, esa experiencia, esa sensación desagradable. Es muy desafortunado, porque algunas cosas que son muy beneficiosas, son amargas; hay medicina que te puede hacer mucho bien, pero produce una sensación desagradable, y hay otras cosas que son muy tóxicas, que son dulces y producen sensaciones agradables. Si nos dejamos llevar por el sistema operativo del egocentrismo, en donde solo se mide o reacciona a sensaciones, ahí no entra en juego nuestro sentido común, nuestro conocimiento, nuestra experiencia para evaluar lo que es mejor, lo que es más provechoso, lo que es beneficioso para nosotros.
Desde este sistema operativo del egocentrismo -podemos llamarlo la ignorancia reactiva del miedo y de la esperanza que se expresa ante las sensaciones neutrales como pasividad e indiferencia, ante sensaciones agradables como ansia y aferramiento, y hacia sensaciones desagradables como aversión o ira- surgen las tres aflicciones primarias, básicas, que en el budismo tibetano se llaman los tres venenos, porque envenenan nuestra mente.
Y de estas tres toxinas básicas surgen todos los otros estados aflictivos como orgullo, envidia, competencia, desprecio y demás. Surgen de estas tres, estas son las tres primarias, las otras son elaboraciones, son estados aflictivos secundarios, pero no menos dañinos. Eso es todo, tan simple. Pasamos ahora a atender algunas preguntas sobre este núcleo, este primer círculo del cerdo, el gallo, la serpiente, que puede ser también egocentrismo, sensaciones, estados aflictivos.

Preguntas y respuestas

P1. En mi caso, me temo que el cerdo le muerde a la serpiente y me da una ira que ¡vamos!, luego desemboca en tristeza siempre, ¿no? Luego, por otro lado, tengo una pregunta un poco rara. Me pasa desde que era una niña, cuando era pequeña, con siete u ocho años, a mí me comía mucho la cabeza, me preguntaba: ¿por qué soy yo, yo, y no soy otra persona? En cuanto a la pasividad, estoy de acuerdo, pero ¿qué hacemos? algo concreto, porque hay que hacer, ¿pero qué? Porque la vida tampoco te da muchas oportunidades: vas al trabajo, la gente no piensa como tú, no tiene estas creencias y ¿qué haces?, ¿qué más puedes hacer? Muchas gracias.
VKR. La primera pregunta era sobre la ira, que has dicho que desemboca en la tristeza. Sí, la ira es algo muy, muy, muy dañino. No es lo que prevalece, pero cuando surge un brote de ira puede hacer, o puede causar mucho daño en poco tiempo. Tenemos analogías clásicas y la ira se le da la imagen del fuego, porque quema, porque arde y puede causar mucho daño muy rápido; puede llevarnos a dañar a los seres más queridos, o incluso a dañarnos a nosotros. Tiene un remedio que es la paciencia. La ira surge por una desesperación, por decirlo así, en la que nosotros tenemos una exigencia extraordinaria y rígida, o sea, tenemos una expectativa muy arraigada de lo que debe pasar, «cómo me deben tratar», «cómo debe ser el tráfico hoy en Madrid», y cuando el presente no coincide con nuestros planes, hay un desencuentro en lo que debe ser y lo que es. Cuando nos topamos con el presente y nuestro plan duro se encuentra con ese presente y hay ese desencuentro, normalmente, nuestro plan tiene que ceder, lo que debería ser tiene que ceder, tiene que rendirse, postrarse, humillarse, agacharse ante la realidad. ¿Por qué? Porque la realidad siempre gana. Es una batalla fútil. El presente es perfecto en ser presente -esa es una expresión muy zen, muy popular-, queriendo decir que, por supuesto, hay situaciones desafortunadas, conflictivas, hay situaciones maravillosas, muy afortunadas, pero en toda la gama de experiencias hay algo que no se puede refutar: que el presente es perfecto en ser lo que es. En ese momento, nuestras preferencias arraigadas, insistentes, egocéntricas deben ceder a la realidad y tenemos que aceptar el presente tal y como es, aceptar el tráfico, aceptar a las personas, aceptar sus palabras, aceptar la imagen del espejo, aceptar la realidad. Y luego, partiendo de esa honestidad, de esa realidad, intentamos mejorar, invertir, hacer todo lo posible para mejorar el futuro.
Pero muchas veces construimos encima de una nube, una fantasía de lo que debe ser. O sea, tenemos nuestro plan, llega el día, el evento, el momento, la realidad es diferente a lo que anticipábamos y no cedemos, insistimos, agachamos la cabeza, ponemos el hombro y empujamos, como en el ejemplo que di hace poquito en un curso: estoy con cierta prisa, estoy anticipado, voy a llegar al restaurante en media hora para encontrarme con mis viejos amigos y, de repente, en las vías del tren suena una campanita, baja la barrera y tengo que esperar a que pase este tren, que parece que va muy lento a propósito, casi burlándose de uno. Para un coche atrás, para otro coche atrás y de repente escuchas detrás de ti a alguien tocando el claxon -la bocina en Sudamérica- como si, de repente, esto activara al tren y empezara a ir marcha atrás, o como si todos los coches empezaran a levitar por encima. Entonces, ¿qué hace?. Porque eso nos ha pasado a todos nosotros: tocarle el claxon al tren. Hay una parte de nosotros que insiste: «no puede ser esto, no quiero que sea así, por favor, realidad, cambia a mi antojo, a mi capricho». Eso crea frustración y si insistimos una segunda vez, de allí brota la ira. La primera, insistencia, frustración; la segunda, ira. Los grandes maestros dicen: detrás de esta insistencia está el orgullo, la arrogancia de que mi realidad es más digna, es más veraz. «Lo que yo creo es, por supuesto, obvio, lo que debe ser». Detrás de eso, hay orgullo, y cuanto más orgullo, menos cedemos terreno a la realidad, más tratamos de imponer nuestra realidad en otros o en situaciones.
La ira es, a lo mejor, el estado aflictivo más reconocible, porque lo somatizamos, nos hace sentir mal, incómodo, nadie quiere estar con ira. Cuando surge el apego, esta gama de ansia y aferramiento es una sensación grata que nos arropa y la analogía es una marea que nos arrastra sin darnos cuenta. Como mencioné una vez: estás en la playa, las olas te llegan al cuello, estás dando botecitos y aparentemente estás solo diez minutos en el agua y ves la arena, donde está la sombrilla, y tú quedaste desplazado cincuenta, cien metros, sin darte cuenta, la marea, la corriente te fueron desplazando; el deseo, la adicción, el ansia, el aferramiento, sin detectarlo, con una sensación muy agradable de estar arropados, te van desplazando. Pero la ira es incómoda inmediatamente, por eso no queremos estar enfadados; los únicos que quieren estar enfadados son los cobardes, porque la ira te da temporalmente valentía, te activa y te da la fuerza para imponerte y crear cambio, pero es una energía muy tóxica, que distorsiona; es una valentía muy pobre, no duradera.
El antídoto es el desarrollo espiritual en general, pero el antídoto directo es la paciencia, y su aspecto causal es la aceptación, su aspecto resultante es paz. Paciencia quiere decir paz en la tormenta. No quiere decir que ignoramos los problemas, sino que no mandan en nosotros. No estamos batallando fútilmente con la realidad. Si persistimos en nuestras expectativas, planes, demandas, como tú has intuido, reconocido, esa ira va transformándose en tristeza, en derrota, en desilusión. O sea, la primera experiencia es desilusión, estamos ilusionados con esta experiencia tóxica de algo maravilloso que va a pasar y cuando no sucede, nos desilusionamos; empujamos, no cambia la realidad, nos frustramos; insistimos, nos enfadamos, y si persistimos, entonces esa desilusión inicial se convierte en desilusión arraigada como tristeza, que culmina con pesimismo: «no vale la pena el intento», «nada me sale como yo quiero, me rindo, ya no voy a hacer más, ya no lo intento, nada vale la pena, las personas no valen la pena». Eso es muy dañino, eso nos lleva a una pasividad incluso más tóxica.
El segundo tema: ¿por qué soy yo? Puede tener varias fuentes, pero hay seguramente algo que compartimos y, particularmente, a la edad que tú mencionas de siete años. Muchos niños hasta los siete años tienen un recuerdo de su vida anterior, incluso hay algunos que han estudiado este fenómeno, han recopilado los relatos de estos niños que dicen: «tú eres mi madre, sí, pero antes tenía otra madre, y vivía en tal lugar, y tenía dos hermanitos», y han verificado vidas previas, y tienen algo de percepción extrasensorial pues algunos niños que ven duendes, ven espíritus que se convierten en sus amiguitos, como ángeles protectores. Pero después de los siete años hay un cambio y se cristaliza esta identidad, esta vida. Ahora mismo, si nos vemos en el espejo y decimos: «¿por qué soy yo y no soy otro?» Puede ser un reconocimiento profundo de la inseguridad del egocentrismo. Normalmente eso ocurre en roles, en papeles que tenemos que desarrollar. Cuando tenemos que asumir un rol nuevo nos cuesta abordarlo. Muchas personas sienten el síndrome del impostor. Entonces se puede manifestar de esa manera.
Y tu última pregunta: ¿qué hacer? Primero, en la presentación de este fin de semana estamos mapeando, describiendo y diagnosticando lo que sucede y por qué sucede. Y si el diagnóstico es lo suficientemente detallado, el pronóstico ya nos da el remedio, cómo implementar una mejora. En este círculo de la rueda de la vida, en los siguientes dos anillos, particularmente el último que señala los doce eslabones de la originación interdependiente, ahí vemos cómo se encadenan los sucesos, comprendemos la relación causal y ahí sabemos en dónde podemos intervenir. El Buddha enseñó esto para saber en dónde podemos intervenir, o dicho de otra manera, cómo deconstruir samsara, el aspecto burdo manifestado, hasta llegar al aspecto más sutil, la causa raíz, la ignorancia fundamental. Es un mapa que nos permite diagnosticar nuestra enfermedad samsárica, comprender el origen de ese mal, cómo surge progresivamente y de ahí tenemos, -ojalá tenga tiempo para explicar- cómo los recursos espirituales atienden cada fase de este proceso samsárico, de este ciclo. Pero en general hay que ir de burdo a sutil: empezar con lo externo, que es nuestras relaciones interpersonales, una vida sana, un cuerpo sano, buena alimentación. Después pasar a nuestra conducta física, después conducta verbal, después conducta mental, después entrenamiento mental, apaciguar los estados aflictivos. Después con amor, compasión y altruismo, reducir el egocentrismo. Después con la visión penetrante de Vipashyana desmantelar el yo ficticio, paso a paso.

P2. Se menciona que la realidad es neutra, que es nuestra interpretación de cómo nos relacionamos con la realidad ¿por qué relacionarse con la neutralidad no es del todo virtuoso? Aunque ya lo has mencionado hace un momento, que es mejor hacer algo que no hacer nada, pero entendía que el bodhisattva tiene que partir siempre de la idea de no hacer daño. Entonces, tengo como esa pequeña confusión, porque a veces también no querer estar interviniendo todo el tiempo en la realidad, puede ser sano o virtuoso.
VKR. Muy bien, muchas gracias. Entonces, si no entiendo bien tu pregunta, por favor corrígeme. Basado en lo que dijimos anteriormente, el hecho de hacer conlleva cierto riesgo, porque no somos alguien perfecto y seguramente podemos causar daño con buenas intenciones ¿es así? Entonces, ¿cómo saber cuándo actuar? Voy a dar un caso muy específico, porque algunas veces aterrizar en un ejemplo, ayuda a comprender el sentido. Y ayer, cenando con algunos amigos aquí en Madrid, que participan en los círculos de estudio, en los grupos Paramita, me dijeron: «Nos encanta cuando das ejemplos. Algunas veces tantas ideas abstractas, difíciles de comprender, pero con analogías y ejemplos; incluso los tuyos, personales son los mejores». Cuando yo tenía veinticinco años, unos amigos espirituales me pidieron que dirigiera, que empezara a moderar un grupo de estudio; donde se leía un libro, se comentaba, se reflexionaba y hacíamos una meditación juntos. Y en ese grupo todos eran mayores, yo era el más jovencito, de veinticinco años. Llevaba ya siete años meditando, tenía algo de experiencia, había hecho algo de lectura, había recibido enseñanzas, pero me sentía muy incapaz. Entonces, le pregunté a dos de mis maestros: «Me han hecho esta petición, tres personas diferentes, en diferentes ocasiones, que quieren que modere, que guíe este grupo y yo no me siento capaz, ¿qué les debo decir?». Y los dos maestros me dijeron lo mismo: «No te preocupes, todo va a salir bien, hazlo». Yo digo: «Pero… voy a cometer errores». «No te preocupes, porque tu motivación es buena. Entonces, incluso los errores van a ser beneficiosos. Si tu motivación es buena, incluso cuando enfatices un punto demasiado, cuando mencionas un punto tres veces, eso coincide con la necesidad kármica de algunas personas en ese grupo. Necesitan ese énfasis, necesitan esa repetición. Y es mejor que estén haciendo el mejor intento de estudiar y reflexionar, a que estén viendo la televisión». Para mí tenía sentido, y me aventuré. Y ahora mismo me estoy aventurando con ustedes. Yo no estoy iluminado, pero sé que este encuentro juntos vale la pena. Es mucho mejor a que te quedes en casa haciendo otras cosas, o yendo de parranda.
Tenemos que hacer lo mejor que podamos, en la situación en la que nos encontremos. Ese debe ser nuestro lema: voy a hacer lo mejor que pueda, en las circunstancias en las que me encuentre. Después, integramos, cada intento aprendemos de lo que hemos hecho anteriormente y mejoramos. Y vamos a cometer errores, sí. Pero eso es mucho mejor que no intentarlo. Esta es una dificultad que enfrento yo, cada vez más, cuando tengo que hablar ante una audiencia muy amplia. Si es un grupo pequeñito, homogéneo, puedo hacer un mejor intento de ajustar la presentación a sus necesidades, su vocabulario, su nivel de educación; pero en un grupo grande hay diferentes niveles teóricos, diferentes niveles de práctica meditativa, diferentes niveles de educación, diferentes niveles de interés y confianza. Es difícil aportar valor a todos, y no inquietar, no ofender a alguien; es casi imposible, pero igual vale la pena. Igual vale la pena el intento. Así pues, es muy importante tener una motivación sana y buena, y por supuesto, tener conocimiento de cómo aportar valor, cómo beneficiar, aunque ese conocimiento no sea al nivel del Buddha.
TRANSCRIPCIÓN COMPLETA.