QUE ELIMINA EL ENFADO, EL CUAL ES INCOMPATIBLE CON LA BODICHITA
- LIBRARSE DEL ENFADO
[Estrofa 1] Una [gran] kalpa es un periodo que abarca las cuatro etapas de la existencia de un universo: su formación, su duración, su destrucción y su ausencia [desde su destrucción hasta que aparece el siguiente]. Cada una de estas cuatro etapas dura veinte kalpas intermedias. Estas ochenta kalpas intermedias forman una gran kalpa.
Los sutras explican que todo el mérito acumulado durante mil de esas [grandes] kalpas practicando buenas acciones —como la generosidad con los seres, refugiarse en las Tres Joyas (en el Buda o Sugata, en el Darma y en la Sanga) y hacerles ofrendas, observar la disciplina, etcétera— se destruye por un instante de intenso enfado. Y en El sutra de las múltiples manifestaciones de Mañyusri se dice:
Mañyusri, eso que llamamos enfado destruye el mérito de las acciones positivas que se han acumulado durante cien kalpas.
Con respecto a si el mérito que el enfado destruye es el de cien o el de mil kalpas, los comentarios sobre el Bodicharyavatara explican que si el enfado es contra un ser corriente, se destruye el mérito acumulado en cien kalpas; pero si el enfado es contra un bodisatva, se destruye el mérito de mil kalpas. Además, en El sutra condensado de la Prajñaparamita se dice que si un bodisatva que todavía no ha recibido la profecía [197] se enfada con un bodisatva que ha recibido la profecía, se destruye el mérito de tantas kalpas como instantes dura su enfado. Esta interpretación también se encuentra en las versiones extensa y media de El sutra de la Prajñaparamita. Por otra parte, algunos comentarios dudan sobre este asunto y objetan que si un solo instante de enfado destruye el mérito de practicar la generosidad, la disciplina, etcétera, durante mil kalpas, entonces nadie podrá obtener nunca la liberación, puesto que no hay seres corrientes que no se enfaden. Por lo que ese instante mencionado aquí debe referirse al tiempo requerido para completar una acción [198].
Con respecto a eso, algunas autoridades en la materia responden diciendo que de las tres clases de mérito —el mérito que conduce a la felicidad en el samsara, en el que no han intervenido ni los medios hábiles ni la sabiduría; el mérito que conduce a la liberación, que ha sido llevado a cabo con la sabiduría que comprende la inexistencia del yo; y el mérito del mahayana, que ha sido llevado a cabo con la sabiduría y los medios hábiles—, el mérito destruido por el enfado es el del primer tipo, es decir, el mérito que conduce a la felicidad en el samsara. Lo que destruye el mérito es un arrebato violento hacia un ser u objeto extraordinario, al que no sigue el arrepentimiento ni ningún remedio que lo contrarreste. Y en cuanto al modo en que se destruye el mérito, la semilla del mérito no queda completamente destruida, pero su poder para dar lugar a una experiencia queda anulado temporalmente y diferido hasta otra vida. La razón de ello es que [en el desarrollo del proceso kármico] los resultados de las acciones más graves se manifiestan antes. Tal como se dice en El tesoro del Abidarma:
Las acciones más graves producen antes su resultado,
seguidas de las más cercanas [al momento de la muerte]
y luego de aquellas a las que estamos más habituados.
Las demás maduran según el orden en el que se hicieron.
Esta es la interpretación de ciertas autoridades en la materia. Sin embargo, Guialse Rimpoché [199] refuta esa interpretación alegando que puede retrasar la maduración del resultado kármico incluso del mérito conducente a la liberación y, por tanto, no hay certidumbre sobre la clase de mérito que el enfado destruye ni sobre el modo en que esa destrucción se produce. En el Aryasarvastivada se dice:
Upali, puesto que el enfado disminuye, elimina y aniquila totalmente incluso las raíces de mérito mayores, no te enfades ni siquiera con un leño carbonizado y menos aún con un cuerpo provisto de consciencia.
Aunque Guialse Rimpoché dice que no es seguro qué clase de mérito destruye el enfado, no da ninguna razón que sustente que el enfado pueda afectar también al mérito conducente a la liberación. Dice asimismo que no hay ninguna certidumbre sobre el modo en que se destruye, pero no especifica qué es lo que de hecho lleva a cabo esa destrucción. Pero puesto que se dice que no hay que enfadarse ni siquiera con un leño carbonizado, se deduce que no es seguro que sea necesario que ese enfado tenga que ser hacia ser u objeto extraordinario [para que el mérito se destruya]. Su refutación de las otras opiniones no aporta realmente una respuesta al problema. Pero no he encontrado ninguna otra.
Si consideramos las palabras del texto raíz de Shantideva, parece que afecta a todos los actos virtuosos (las ofrendas a las Tres Joyas, etcétera). Pero si reflexionamos sobre el significado, parece más bien que aunque destruye el mérito de los actos virtuosos físicos y verbales (correspondientes a la generosidad y la disciplina), no puede destruir el mérito de los actos virtuosos mentales. Esto es, todo el mérito procedente de la práctica de la generosidad (ofrendas, actos de caridad...) y de la disciplina (llevada a cabo perfectamente con el cuerpo, la palabra y la mente) queda destruido por un solo acceso de auténtico enfado hacia un bodisatva o algún otro ser. Pero el enfado no puede destruir el mérito correspondiente a la práctica de la paciencia, la diligencia, la concentración y la sabiduría, puesto que las paramitas están en un orden ascendente de supremacía [200] y la paciencia es la antítesis del enfado. Además, también se dice que si el mérito procedente de la generosidad y la disciplina se lleva a cabo con los tres métodos supremos [201], no puede ser destruido por ninguna circunstancia adversa.
[Estrofa 2] Puesto que destruye el mérito y hace renacer en los infiernos, ninguna otra acción negativa es peor que el enfado. Ni tampoco hay ninguna otra ascesis o mérito mejor que la paciencia, puesto que es el antídoto del enfado. En un sutra se dice:
La paciencia es la mejor de las ascesis, la paciencia es suprema.
Es el nirvana supremo, según dijo el Buda.
Por lo tanto, debemos cultivarla con ahínco. Hemos de esforzarnos en desarrollar la paciencia usando todos los medios que van a explicarse.
[Estrofa 3] Cuando la aflicción del enfado (por el disgusto con algún enemigo u otro ser) se adueña de la mente de alguien, este ya no puede disfrutar de la absorción meditativa, en la que la mente está totalmente en calma, ni de ningún otro bienestar. No puede concentrarse ni experimentar ninguna alegría mental ni ningún placer físico e, incluso de noche, tampoco puede dormir. Pierde el control físico y mental y se siente inseguro.
[Estrofa 4] Incluso los ministros, sirvientes y demás seguidores de los reyes u otros patrones que les dan generosamente riqueza (oro, plata, ropas de seda y otros bienes) y posición, que hacen que sean respetados por los demás, olvidarán los favores que hayan recibido y se alzarán contra estos señores llegando incluso a asesinarlos si estos están dominados por el odio. ¿Qué decir entonces de los demás?
[Estrofa 5] Quien está dominado por el odio aflige a sus parientes y amigos con sus palabras hirientes y su comportamiento violento, hasta el punto de que estos llegan a detestarlo y se alejan de él. Y aunque se rodee de ayudantes prodigándoles sin mesura bienes y dinero, estos lo dejarán y no tendrá a nadie que lo acompañe ni le sirva.
En definitiva, a nadie que esté enfadado como una serpiente venenosa le es posible ser feliz. Por eso hemos de esforzarnos en librarnos del enfado.
[Estrofa 6] A los que odian, su propio enfado —ese enemigo que, como se ha explicado antes, destruye su mérito y los conduce a los infiernos— les produce muchos sufrimientos en esta vida y las siguientes.
Por el contrario, los que controlan su mente y cultivan la paciencia, vencerán a su enemigo, el enfado, y experimentarán una inmensa alegría y felicidad en esta vida y las futuras.
[Estrofa 7] El disgusto y la insatisfacción que sentimos cuando, a nosotros y los nuestros, nos hacen sentir mal o nos provocan situaciones no deseadas —como la pérdida de bienes— y cuando nos impiden que consigamos lo que queremos —tanto en lo referente a propiedades como a bienestar y felicidad— son el alimento que nutre el enfado y el odio. Igual que la comida hace que el cuerpo crezca y se desarrolle, la infelicidad mental hace que aumente y se desarrolle el enfado. Y el enfado es lo que destruye nuestro mérito. Por lo que es esencial que superemos esos estados de infelicidad que nutren el enfado.
[Estrofa 8] Del mismo modo que al interceptar su suministro de comida se debilitan las fuerzas del enemigo, hemos de eliminar por completo la infelicidad mental, que es lo que sustenta el enfado, nuestro enemigo. Porque ese enemigo no tiene ningún otro propósito más que el de hacernos daño de múltiples formas en esta vida y las futuras: al destruir nuestro mérito.
[Estrofa 9] «No dejaré que ningún mal ni adversidad que pueda ocurrirme (tanto si es una situación no deseada como un obstáculo que me impida conseguir lo que deseo) altere la alegría de mi mente, que es el remedio a la insatisfacción y la infelicidad.» Esa es la promesa que reiteradamente hemos de hacernos.
Puede que pensemos que si soportamos todos los daños recibidos, todos los seres, buenos o malos, nos despreciarán. Pero el caso es que si dejamos que nuestra mente se altere y nos sentimos desdichados por el daño recibido, eso no solo no nos permitirá conseguir lo que queremos, sino que, además, dañará y destruirá nuestro mérito.
[Estrofa 10] En caso de que tenga remedio —como cuando se cae al suelo la cebada—, es decir, si se puede hacer algo para cambiar la situación, ¿qué sentido tiene sentirnos disgustados y enfadarnos? Y si no hay nada que pueda hacerse para remediar esa situación —como cuando se rompe una taza—, ¿en qué nos beneficia sentirnos desdichados? De hecho, no solo no nos beneficiará, sino que ese sufrimiento producido por el conflicto entre nosotros y los demás empeorará la situación.
- CULTIVAR LA PACIENCIA
- IDENTIFICAR EL OBJETO DE LA PACIENCIA
[Estrofa 11] Se dice que hay veinticuatro objetos en los que hay que aplicar la paciencia: doce cosas que no deseamos y doce cosas que impiden que ocurra lo que deseamos.
Hay cuatro cosas que no deseamos que nos ocurran a nosotros ni a nuestros allegados (nuestros familiares, nuestros amigos, nuestro maestro, nuestra tradición...): 1) el sufrimiento, 2) no poder sustentarse debido al desprecio de los demás [202], 3) las agresiones verbales directas —como que nos llamen ladrones— y 4) tener mala reputación debido a la difusión de rumores maliciosos. Estas cuatro se cuentan como ocho [al considerar que cuatro son las cosas que no deseamos para nosotros y cuatro las que no deseamos para nuestros allegados]. Además hay cuatro cosas que no deseamos para nuestros enemigos y que son lo contrario de las cuatro que se han mencionado antes: no queremos que sean felices, ni que tengan ganancias, ni que sean alabados ni que tengan buena reputación. Estas son las doce cosas que no deseamos que ocurran.
Las doce cosas que impiden que ocurra lo que deseamos son lo que obstaculiza que seamos felices, que podamos sustentarnos y demás [lo contrario de las cosas enumeradas antes], que contamos como ocho: cuatro obstáculos que impiden que ocurra lo que deseamos para nosotros y cuatro obstáculos que impiden que ocurra lo que deseamos para nuestros allegados. Y a esos se suman los cuatro obstáculos que impiden que nuestros enemigos sufran, no puedan tener ganancias y demás. Estos doce junto con los doce anteriores hacen un total de veinticuatro. Y si lo consideramos desde la perspectiva de lo que ocurrió en el pasado, de lo que ocurre en el presente y de lo que ocurrirá en el futuro, tenemos setenta y dos motivos de enfado. Se dice que hemos de cultivar la paciencia con ellos, aceptando lo que no deseamos y considerando que el defecto es desear.
- CULTIVAR LA PACIENCIA
1.- CULTIVAR LA PACIENCIA CON LO QUE NO DESEAMOS
1/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LO QUE NOS HACE SUFRIR
A continuación se explicará detalladamente cómo cultivar la paciencia con lo que nos hace sufrir. Esta explicación hay que adaptarla también a los demás objetos de la paciencia, y es importante meditar sobre ello. Estos [veinticuatro objetos de la paciencia] están indicados en la presentación general [de la sección anterior].
- LA PACIENCIA DE ACEPTAR EL SUFRIMIENTO
[Estrofa 12] En el samsara, las causas de la felicidad (la riqueza, la estimación de los demás, etcétera) son escasas y aparecen solo esporádicamente. Por el contrario, son muy abundantes las diversas cosas no deseadas que nos hacen sufrir sin que podamos hacer nada por impedirlo. Esa es, de hecho, la característica del samsara. Y mientras sigamos errando por él, encontraremos innumerables causas de sufrimiento que estaremos obligados a soportar, aunque intentemos evitarlas. Sin embargo, si sabemos eso, el sufrimiento tiene un aspecto positivo. Sin sufrimiento, no tendríamos renuncia —la determinación de liberarnos de las aflicciones del samsara—, mientras que experimentar el sufrimiento hará que surja en nosotros ese anhelo de liberarnos de un modo definitivo. Por eso, Shantideva se dirige a su mente y le pide que permanezca firme y soporte con paciencia el sufrimiento. Puesto que nos induce a desear la liberación y nos incita a practicar lo que es virtuoso y a desterrar los actos negativos, el sufrimiento tiene su lado positivo.
[Estrofa 13] Los devotos de Gauri, la diosa Uma, se lanzan sobre las puntas de los tridentes, que son emblemas de la diosa, y saltan dentro del fuego de ofrenda ritual. Y algunos practicantes no budistas del país de Karna [203], para poder alcanzar el reino de Brahma, se cortan la cabeza durante un eclipse solar o lunar. A veces también, cuando esos seres luchan debido a la envidia, se incendian las casas mutuamente y se mutilan unos a otros con sus armas. Si esos seres son capaces de soportar esos tremendos sufrimientos, tan atroces e inútiles, para conseguir lo que quieren, ¿cómo es posible que seamos tan apocados cuando se trata de conseguir un objetivo tan importante como la liberación, el estado que está más allá de cualquier sufrimiento?
[Estrofa 14] No hay nada que no se vuelva más fácil si nos familiarizamos con ello. Es así como la adversidad puede llegar a tolerarse. Así pues, si ahora nos acostumbramos a tolerar pequeñas molestias, poco a poco seremos capaces de soportar infortunios mayores.
[Estrofa 15] Al fin y al cabo, ¿no soportamos ya, aunque no sirvan a ningún propósito, las picaduras de insectos y serpientes, el hambre, la sed, la comezón de las irritaciones cutáneas y otras molestias inevitables?
Si lo miramos desde esa perspectiva, veremos que es completamente razonable soportar algunas dificultades con el fin de lograr un objetivo importante.
[Estrofa 16] Hemos de evitar ser excesivamente quejicosos o impacientes cuando tengamos que soportar el calor del verano, el frío del invierno, la lluvia, el viento, las diferentes enfermedades, el ser aprisionados y golpeados, y otras dificultades. De lo contrario, cuanto más nos inquietemos, menos capaces seremos de tolerar las molestias y los infortunios, y nuestro malestar aumentará hasta volverse insoportable.
[Estrofa 17] A base de habituarse, todo se logra. Es así como se desarrolla la fortaleza de soportar la adversidad. Por eso, por ejemplo, algunos redoblan su valor cuando ven la sangre de sus heridas cuando son heridos en el campo de batalla, mientras que otros se desmayan al ver que sangran un poco las heridas de los demás y, por descontado, todavía es peor si ven la suya.
[Estrofa 18] Todo ello es el resultado de las disposiciones mentales que han desarrollado gradualmente. Los primeros han logrado un inmenso valor y los otros carecen de valor y son cobardes.
Así pues, dado que todo se vuelve fácil por medio de la habituación, hemos de hacer caso omiso de todos los infortunios, grandes o pequeños, que se presenten cuando tratemos de lograr un gran objetivo y nunca hemos de permitir que las dificultades nos resulten insoportables o nos hagan enfadar.
[Estrofa 19] Por intenso que sea el sufrimiento que experimenta un bodisatva sabio, como por ejemplo el daño que los demás le infligen, mantiene la alegría y la serenidad de su mente, sin permitir que le embargue la tristeza.
El entendimiento del Darma ha de actuar como un remedio a las emociones aflictivas. Es necesario, por lo tanto, que los antídotos —en este caso, la paciencia— libren una batalla tenaz contra el enfado y las demás emociones aflictivas de las que nos hemos de deshacer. Y, al igual que las batallas ordinarias van acompañadas de sufrimiento, en el combate entre los antídotos y los factores mentales aflictivos, cuando el Darma da en el punto vital y emerge el karma negativo del pasado, se engendran múltiples sinsabores y dolores.
[Estrofa 20] Los que, ignorando todos los daños y sufrimientos que lleva consigo el logro de su gran objetivo, derrotan a sus enemigos —es decir, al enfado y las demás emociones aflictivas— son los auténticos héroes vencedores de adversarios. Su fortaleza es suprema. Pero los demás, que vencen solamente a enemigos externos matando a hombres, caballos, etcétera, clavan sus armas en cadáveres, cuerpos que están destinados a morir. Su heroísmo es mera vanidad.
[Estrofa 21] Además, el sufrimiento también tiene ventajas. Experimentar el sufrimiento nos hace sentir hastío por el samsara y elimina la arrogancia y la altivez. Gracias a nuestro sufrimiento, podemos sentir una compasión ilimitada: el deseo de liberar a los demás seres, que también sufren, del samsara. Asimismo, el sufrimiento nos lleva a evitar y a abandonar los actos negativos, que son su causa, y a practicar con entusiasmo los actos virtuosos, que son la causa de la felicidad, y, de ese modo, nos volvemos muy cuidadosos con el principio kármico de causa y efecto.
- LA PACIENCIA QUE CONSISTE EN ESTAR SEGUROS DE LA NATURALEZA ÚLTIMA DE LOS FENÓMENOS
[Estrofa 22] Puede que pensemos que aunque, de hecho, soportemos nuestro sufrimiento, nos enfadamos con aquellos que nos hacen sufrir. Pero, si no nos enfadamos con el viento, la bilis o la flema, ni con otras fuentes importantes de las enfermedades y los sufrimientos, ¿por qué hemos de enfadarnos con los seres provistos de consciencia que nos ocasionan un daño?
Las enfermedades surgen debido a cuatro factores circunstanciales: el tiempo, las fuerzas negativas, la comida y el comportamiento. Puesto que no se producen por sí solas, ¿qué sentido tiene enfadarse con ellas? Sin embargo, puede que nos preguntemos por qué no hemos de enfadarnos con un individuo que nos lanza una piedra, puesto que eso es algo que hace deliberadamente.
La respuesta es que ambos casos son exactamente iguales, pues ni las enfermedades ni los enemigos que nos hacen daño actúan de modo independiente. A los enemigos que nos hacen daño los impulsan circunstancias como el enfado y otras emociones aflictivas, y las enfermedades están ocasionadas por el tiempo, las fuerzas negativas, la alimentación y el modo en que nos comportamos. En ningún caso son autónomos, sino dependientes de otros factores. Y puesto que son surgimientos interdependientes, están vacíos [de existencia propia]. Hemos de entender que no hay un daño real ni un agresor real con los que enfadarse y de ese modo desechar el enfado.
[Estrofa 23] Del mismo modo que las diferentes enfermedades no aparecen intencionadamente ni de modo autónomo, sino debido a causas y condiciones —como el viento, la bilis y la flema—, los enemigos que nos hacen daño tampoco actúan de modo autónomo. Sin desearlo, caen víctimas del enfado y las demás emociones aflictivas, que aparecen apremiantes debido a causas y condiciones, como un estado mental de infelicidad. Tanto las enfermedades como los enemigos carecen por igual de independencia.
[Estrofa 24] Puede que se piense que no son iguales, porque las enfermedades no tienen intención de hacernos daño, mientras que los enemigos sí la tienen.
A esto, Shantideva responde que cuando la gente se enfada, lo hace debido a meras circunstancias corrientes. No decide intencionadamente que va a enfadarse con esa persona. Y aunque esas circunstancias tampoco deciden ni planean causar el enfado en una persona, el enfado surge simplemente en base a esas circunstancias concurrentes.
Es igual que cuando una imagen aparece reflejada en un espejo. El espejo no tiene la intención de reflejar esa imagen en su superficie; sin embargo, la refleja debido a la concurrencia de las diversas circunstancias. Y aunque la imagen tampoco haya decidido aparecer reflejada en el espejo, aparece debido a esas circunstancias concurrentes. Y con respecto a las enfermedades y los enemigos ocurre exactamente del mismo modo.
[Estrofa 25] Todas las distintas faltas —como el enfado y el resto de las emociones aflictivas— y los diversos actos negativos que se llevan a cabo debido a ellas —como quitar la vida, coger lo que no nos ha sido dado, etcétera— son provocadas por la concurrencia de las circunstancias. En ausencia de esas circunstancias, las faltas (el enfado y demás) no pueden manifestarse por sí solas. No son independientes.
Por lo tanto, no tiene sentido enfadarse, sino que hemos de generar compasión.
[Estrofa 26] En ausencia de un objeto que ver, la experiencia de ver no se produce en la consciencia visual. Y lo mismo es aplicable a las demás consciencias sensoriales (auditiva, etcétera) cuando están ausentes sus respectivos objetos (sonido, etcétera). Y sin percepción auditiva, visual, etcétera, no se llevan a cabo acciones positivas ni negativas (en relación a esos objetos). Y, aunque el enfado se genera en función de la concurrencia del objeto, el órgano sensorial y la consciencia sensorial, la conjunción de estos tres factores (el objeto, el órgano y la consciencia) no tiene la voluntad de producir el enfado en la mente de ese individuo. Ni tampoco el enfado resultante de la concurrencia de esos tres factores piensa que es su resultado. En todo esto no hay, por lo tanto, ningún agente autónomo e independiente.
[Estrofa 27] Según los samkhyas, los naiyayikas y otros adeptos no budistas, no todos esos factores concurrentes carecen de una existencia independiente. Porque ellos consideran que purusha y prakriti [204], etcétera, son entidades autónomas y pueden generar la actitud dañina de un enemigo.
Sin embargo, esto no es así. Lo que denominan prakriti, con sus cinco características, y lo que conciben y designan como purusha, dotado también de cinco características, no surgen de un estado preexistente a fin de hacer daño a alguien (o alguna otra finalidad). No aparecen deliberadamente por la sencilla razón de que no nacen, como tampoco lo hacen los hijos de una mujer estéril. Porque si purusha y prakriti (de los que se afirma que son entidades permanentes e independientes) nacen (o se generan), entonces es que son transitorios y dependen de causas y condiciones externas.
[Estrofa 28] Si, por otra parte, purusha y prakriti no han nacido, no existen. Y en ese caso, no hay nada que pueda nacer o desee nacer a fin de dañar o alguna otra razón.
Puede que se piense que el yo consciente o purusha, defendido por los samkhyas, disfruta de los objetos que le presenta prakriti. Pero si purusha percibe o capta un objeto, como por ejemplo un sonido, tendría que percibir o estar captando únicamente y de modo permanente ese objeto (el sonido, según el ejemplo). Purusha nunca podría dejar de percibir eso, y solo eso, ya que [según los samkhyas] es un perceptor permanente.
[Estrofa 29] Para refutar las creencias de los naiyayikas de que el yo es permanente e inconsciente, Shantideva dice que ese yo no podría tener pensamientos malévolentes ni de otra clase. Porque si ese yo es permanente, es como el espacio, por lo que evidentemente se encuentra totalmente desprovisto de la capacidad de actuar.
[Los naiyayikas afirman que] aunque el yo es permanente, cuando se encuentra con factores circunstanciales transitorios, como los manas [los pensamientos] [205], externos a él, adquiere la capacidad de actuar.
Pero ese argumento es insostenible. Aunque se encuentre con otros factores, como los pensamientos, ese yo permanente es por naturaleza inmutable y no puede cambiar. Por lo tanto, [Shantideva pregunta] ¿cómo pueden esos factores hacer que tenga una capacidad de actuar que antes no tenía? Es, de hecho, imposible.
[Estrofa 30] Si aunque actúen los factores circunstanciales externos, como por ejemplo los pensamientos, ese yo no experimenta ningún cambio (con respecto a como estaba antes), ¿cuáles son las diferencias que la acción de esos factores, o de esos pensamientos, le ha provocado? Ninguna. Y si produjese alguna, demostraría que ese yo no es permanente.
Por eso, aunque los naiyayikas afirmen que esos factores circunstanciales son los agentes que asisten al yo, ¿qué relación puede haber entre ellos como asistente que ayuda y el asistido que es ayudado? Ningún factor puede incidir sobre algo que es permanente.
[Estrofa 31] Así pues, todos los que nos hacen daño, como por ejemplo los enemigos, no tienen autonomía, sino que dependen de factores circunstanciales. Y esos factores circunstanciales, a su vez, carecen también de autonomía, pues surgen debido a otros factores previos, y así sucesivamente. Por ejemplo, un enemigo está dominado por su enfado. Ese enfado se debe a ciertas circunstancias que, a su vez, surgen debido a otras circunstancias producto de actos del pasado, y así de modo sucesivo hasta el infinito. Una entidad completamente autónoma es, pues, imposible. Todo se origina dependiendo de otras cosas y está, por lo tanto, vacío [de existencia propia]. Una vez que hemos entendido esto, entenderemos también que todo lo que nos hace daño, puesto que carece de existencia real, es similar a un espejismo, un sueño o una aparición mágica. No tenemos que enfadarnos, pues tanto el que se enfada como aquello con lo que se enfada carecen de realidad, ya que los dos existen de modo interdependiente; esto es, están vacíos.
[Estrofa 32] Puesto que todos los fenómenos son como apariciones mágicas, sin existencia real, puede que algunos consideren que no tiene sentido oponerse al enfado con la paciencia. Pues, al fin y al cabo, ¿qué enfado es el que va a ser contrarrestado por qué individuo o por qué antídoto (ya que no hay agente ni acción)?
En la verdad última, eso es así. Pero si nos atenemos a la verdad convencional o relativa, no es absurdo, pues al cultivar la paciencia se impiden los sufrimientos de los infiernos y demás (que son el resultado del enfado). No solo no es absurdo, sino que es sumamente razonable.
[Estrofa 33] Puesto que todo está condicionado por otras cosas y es interdependiente, cuando veamos que alguien, sea un amigo o un enemigo, hace algo que nos daña o es incorrecto, hemos de recordar que eso ocurre debido a las circunstancias y que no es autónomo e independiente. Y, siguiendo las enseñanzas anteriores, hemos de permanecer serenos, sin enfadarnos, como se relata en la historia de cuando el shravaka Purna salió a pedir limosnas.
- LA PACIENCIA DE NO SENTIR RESENTIMIENTO CUANDO NOS HACEN DAÑO
[Estrofa 34] Si los seres pudieran lograr lo que desean libremente, sin depender de las circunstancias, nadie sufriría ni lo más mínimo. Porque ningún ser desea sufrir o ser infeliz ni siquiera en la menor medida. Todos quieren ser felices.
[Estrofa 35] Pero las cosas no son así. A pesar suyo, los seres se dañan a sí mismos por descuido, por ejemplo, pinchándose con púas y espinas. Algunos debido a su afán de conseguir mujeres, propiedades, riquezas u otros objetivos, se imponen grandes sufrimientos y pesadumbres, como privarse de comer y de beber.
[Estrofa 36] Algunos terminan con su vida ahorcándose o tirándose por un precipicio, otros se envenenan o consumen comida en mal estado. Y hay gente que comete actos negativos —como matar, robar, tener una conducta sexual incorrecta, mentir...— y así se hace daño a sí mismos en esta vida y las futuras.
[Estrofa 37] Si, como se ha visto antes, cuando a su pesar están bajo el poder del odio, el apego y las demás emociones aflictivas, los seres incluso se destruyen a sí mismos —a su propio ser que les es tan querido—, ¿cómo puede esperarse que los que están bajo el poder de esas emociones aflictivas no hagan daño a los demás? Es evidente que se lo harán.
[Estrofa 38] Aquellos a quienes invade el enfado o alguna otra emoción aflictiva ya no son libres, igual que si los hubiesen poseído los demonios. No tienen dominio de sí mismos e incluso son capaces de suicidarse. Así pues, si somos bodisatvas, cuando esos seres traten de hacer daño a los demás o a nosotros, deberíamos sentir compasión por ellos. E incluso si no sentimos compasión hacia ellos, ¿qué justificación puede haber para enfadarse con ellos? ¿Qué sentido tiene enfadarse?
[Estrofa 39] ¿Está en la naturaleza de los seres corrientes —que son pueriles— hacer daño a los demás? Si lo está, enfadarse con ellos tiene tan poco sentido como enojarse con el fuego, cuya naturaleza es quemar, cuando uno lo toca y se quema.
[Estrofa 40] Si, por el contrario, ese defecto de hacer daño a los demás no está en su naturaleza y si lo hacen, es algo accidental, tampoco tiene sentido enfadarse con esos seres que por naturaleza son apacibles. Sería como si nos molestara que el humo se hubiera esparcido por el cielo y nos enfadásemos con el cielo en vez de con el humo.
[Estrofa 41] Cuando un adversario intencionadamente coge un palo, una piedra o una espada y nos agrede, decimos que nos enfadamos con quien ha manejado ese arma. Sin embargo, ese agresor ha sido impulsado por su enfado, pues él ha perdido el control. Tendría más sentido que nos enfadáramos en primer lugar con lo que realmente nos hace daño —es decir, el palo, la piedra...— y en segundo lugar con el mismo enfado.
[Estrofa 42] A fin de cuentas, toda la culpa la tenemos nosotros. En vidas pasadas, fuimos nosotros los que causamos a los demás seres daños similares a los que ahora ellos nos infligen. Es lógico que, a causa de ese daño que les hicimos, tengamos que sufrir como resultado el daño que ahora ellos nos infligen a nosotros.
[Estrofa 43] Su arma, que hace el daño, y nuestro cuerpo, que lo recibe, son ambos por igual causas de nuestro sufrimiento. Sufrimos porque, por una parte, nuestros enemigos empuñaron el arma que nos hizo daño y, por otra, nosotros sostuvimos el cuerpo que lo recibió. ¿Con quién hemos de enfadarnos? Puesto que la falta se debe por igual a ambas partes, no tiene sentido que nos enfademos únicamente con los demás.
[Estrofa 44] Además, nuestro cuerpo, que es fácil de destruir y difícil de mantener con vida y que está compuesto de sangre, linfa y otras sustancias, es como una llaga en forma humana. La menor sensación de frío, calor o cualquier otra cosa le produce un sufrimiento insoportable. Y aunque anhela la comida, los vestidos, la compañía..., es incapaz de conseguirlos por sí mismo. Es la mente la que ha de contactar con los objetos. Puesto que este cuerpo al que nos aferramos es como un ciego, ¿con quién nos hemos de enfadar cuando algo nos hace daño? No tiene sentido enfadarse con nadie más que con uno mismo.
[Estrofa 45] Los seres corrientes o pueriles no desean experimentar ningún sufrimiento ni en esta vida ni en las futuras. Sin embargo, les gusta matar, robar y cometer otros actos negativos que son su causa. Si nos hacemos daño a nosotros mismos con nuestras propias faltas, ¿por qué nos enfadamos con los demás?
[Estrofa 46] Igual que los aterradores guardianes de los infiernos y los bosques de árboles de hojas afiladas se manifiestan como resultado de nuestros actos, todos los sufrimientos de esta vida y las venideras son resultado de nuestros propios actos negativos. ¿Quién es el causante del daño que padecemos con el que hemos de enfadarnos?
[Estrofa 47] Los agresores que ahora nos roban y nos infligen otros daños aparecen instigados por los actos dañinos que nosotros hicimos a nuestros adversarios en el pasado. Son nuestras acciones del pasado las que hacen que aparezcan y nos hagan daño, lo que provocará que ellos (los ladrones, etcétera), a su vez, caigan en los infiernos. De hecho, ¿no somos nosotros, entonces, los que llevamos a la perdición a nuestros adversarios? Sí, realmente somos nosotros los que les hacemos daño.
[Estrofa 48] Si somos capaces de practicar la paciencia con los enemigos que nos hacen daño, nuestras innumerables acciones negativas del pasado se purificarán y llevaremos a cabo una inmensa acumulación de mérito. Es así como nuestros enemigos nos benefician. Pero debido al daño que nos hacen a nosotros (que somos la circunstancia de su acción negativa) tendrán que experimentar las torturas extremas del infierno durante un tiempo inmenso, pues según se dice: «Por un acto negativo que lleva solo un instante, se tendrá que permanecer durante una kalpa en el infierno de las Torturas Máximas...».
[Estrofa 49] Por lo tanto, nosotros somos quienes los perjudicamos, mientras que ellos, nuestros enemigos, son los que nos benefician. Gracias a ellos podemos liquidar lo que adeudamos, purificar las deudas kármicas y los resentimientos sanguinarios [de quienes puedan sentirlos hacia nosotros], completar las acumulaciones y eliminar nuestros oscurecimientos. Nuestro entendimiento de lo que se ha de hacer y evitar está completamente distorsionado: ¿Por qué razón, mente perniciosa, te enfadas con los enemigos?
[Estrofa 50] En vista de todo esto, podríamos pensar que si nosotros causamos la perdición de los enemigos que nos hacen daño —ya que ese daño los arrojará al infierno—, nosotros iremos también al infierno. Pero según las enseñanzas, si tenemos la cualidad de la paciencia, no iremos al infierno; lo que implica que si no la tenemos, sí iremos.
Por otro lado, también podría pensarse que los enemigos que nos agreden tampoco irán al infierno, puesto que nos benefician. Pero es la práctica de la paciencia lo que nos salva de ir al infierno. Sin embargo, ¿qué es lo que los salva a ellos de ese destino? Nada.
[Estrofa 51] Puede que pensemos que, si somos bodisatvas, no es correcto que no protejamos a nuestros agresores.
Pero de momento no somos, de hecho, capaces de protegerlos adecuadamente. Si [además] los agredimos en venganza por el daño que nos hacen, se exacerbará su enfado y sus actos negativos aumentarán todavía más, y de ese modo realmente no los protegeremos. Al comportarnos así, transgrediremos las cuatro prácticas virtuosas: no insultar cuando nos insultan, no enfadarnos cuando alguien se enfada con nosotros, no golpear cuando nos golpean y no revelar las faltas ocultas de los demás cuando revelan las nuestras. Y, de ese modo, acabaremos con el ascetismo de la paciencia, que es la práctica suprema de los bodisatvas.
Con relación a esto, se dice que, para los bodisatvas, existen cuatro situaciones posibles: que puedan protegerse a sí mismos y a los demás; que puedan protegerse a sí mismos, pero no a los demás; que puedan proteger a los demás, pero no a sí mismos; y que no pueden protegerse a sí mismos ni a los demás.
2/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS QUE NOS TRATAN CON DESPRECIO Y DEMÁS [NOS INSULTAN Y NOS DESPRESTIGIAN]
[Estrofa 52] Puede que pensemos que nos enfadamos porque cuando otros nos tratan con desprecio y demás, hacen daño a nuestro cuerpo y nuestra mente.
Pero hemos de recordar que la mente —esto es, los pensamientos— es inmaterial, no tiene una forma física. Por lo tanto, nadie puede destruirla mediante armas u otras cosas. Por otra parte, la mente estima el cuerpo, que es su soporte, y se aferra fuertemente a él. Al estar apegados al cuerpo y considerarlo nuestro, sufrimos cuando este es golpeado o atacado. Si no estuviésemos tan fuertemente aferrados al cuerpo, esos malos tratos no nos afectarían.
[Estrofa 53] Podría sostenerse que cuando nos hacen daño, sufren tanto el cuerpo como la mente.
Pero las miradas hostiles y otros gestos de desprecio, los insultos —como cuando alguien nos llama ladrón, estafador, mentiroso, vejestorio...— y otras calumnias que dicen a nuestra espalda no hacen ni el más mínimo daño al cuerpo y aún menos a la mente. ¿Hay alguna razón para que la mente se enfade tanto? Es ilógico enfadarse.
[Estrofa 54] Podríamos pensar que, aunque las muestras de desprecio no hagan daño directamente al cuerpo ni a la mente, no nos gustan porque indican la antipatía que los demás sienten hacia nosotros.
Pero el desagrado que los demás sientan hacia nosotros no puede devorarnos ni en esta vida ni en las futuras; es decir, no puede hacernos daño. ¿Por qué, pues, no queremos que los demás nos detesten ni que no confíen en nosotros? Deberíamos ser capaces de soportarlo.
[Estrofa 55] Quizá pensemos que si nos desprecian, los demás sentirán antipatía y desconfianza hacia nosotros, y eso hará que tengamos menos ganancias, propiedades y riquezas. Y puesto que ese desprecio es un obstáculo para nuestro bienestar, es algo que no nos gusta y nos hace sentir irritados.
Pero tenemos que considerar que por muchos bienes que acumulemos en esta vida —oro, plata, caballos, té...—, tendremos que abandonarlos todos cuando muramos. No podremos llevarnos nada a la próxima vida. Nos iremos desnudos, con las manos vacías y escondidas debajo de las axilas.
Por otra parte, en esos momentos, todos los actos negativos que, en el pasado, cometimos llenos de enfado para conseguir esos bienes serán nuestra constante compañía. No se perderán con la muerte y tendremos que sufrir los resultados.
[Estrofa 56] Podríamos pensar que si carecemos de bienes, no podremos adquirir comida, vestidos, etcétera, y no tardaremos mucho en morir. Y como no queremos que eso ocurra, nos enfadamos [cuando los demás nos desprecian].
Pero es mejor morir hoy mismo que vivir mucho tiempo manteniéndonos por medios de vida incorrectos. Pues según dicen las enseñanzas, entre vivir una vida larga pero errada y morir hoy mismo, es preferible morir hoy mismo.
Con respecto a esto, los sutras explican que son medios de vida incorrectos los que implican apego a los objetos de los seis sentidos. La guirnalda de joyas los resume en cinco: [buscar el sustento por medio de] la adulación, la hipocresía [por ejemplo, fingiendo que se es un buen practicante], la generosidad interesada, presentarse a uno mismo haciendo alarde de la posición o el rango [como una persona que merece ser ayudada] y el robo indirecto [por ejemplo, fingiendo que no se tiene nada] [206].
Quizá pensemos que preferimos no morirnos hoy porque queremos vivir. Pero por muy larga que sea la vida de los seres como nosotros, por muchos años que vivamos, el dolor de morir acabará llegando y no habrá escapatoria posible. Así que es mejor morir ahora que vivir mediante un modo de vida equivocado. De hecho, el sufrimiento de un malhechor es mucho mayor cuando muere si vive muchos años; por lo que sería preferible que muriese hoy mismo.
[Estrofa 57] Supongamos que un hombre se despierta tras haber soñado que ha disfrutado durante cien años de todos los placeres de los cinco sentidos y que otro hombre se despierta tras haber soñado que ha disfrutado de esos mismos placeres durante un breve instante.
[Estrofa 58] La felicidad de disfrutar de esos placeres que ambos han soñado —haya sido larga o corta—, una vez se despiertan, ni el uno ni el otro volverán a experimentarla.
Similarmente, cuando llegue el momento de la muerte, hayamos vivido una vida larga llena de placeres o una vida breve sin demasiadas alegrías, esas alegrías y placeres —los hayamos experimentado por mucho o poco tiempo— cesarán, igual que cuando alguien se despierta de un sueño. Esa felicidad que conocimos nunca regresará ni volveremos a sentirla. Y, tanto si nuestra vida ha sido larga como corta, solo experimentaremos el sufrimiento de la muerte.
[Estrofa 59] Aunque tengamos abundantes posesiones —té, caballos, oro, plata, vestidos de seda...— y hayamos disfrutado inmensamente durante muchos años de todos los placeres de los cinco sentidos —el sabor del té, de la cerveza..., el tacto de las ropas de seda...—, cuando tengamos que morir, nos iremos desnudos y con las manos vacías, como si los bandidos o los ladrones nos hubiesen robado y despojado de todo. Por muchas posesiones —caballos, mulas, riquezas, comida, vestidos...— que tengamos o por numerosos que sean nuestros amigos, conocidos, súbditos, discípulos o los monjes de nuestro séquito, no podremos llevarnos nada ni nadie nos podrá acompañar a la próxima vida. Tendremos que partir solos.
[Estrofa 60] Podríamos objetar, también, que si tenemos muchos bienes, es más probable que sigamos vivos y no muramos, lo cual hará posible que purifiquemos las acciones negativas del pasado y reunamos una inmensa acumulación de mérito haciendo ofrendas, obras de caridad, imágenes y representaciones del Buda, postraciones, circunvalaciones...; y por eso nos enfadamos con los que impiden que eso sea posible.
Pero si nos enfadamos con los que nos impiden conseguir los bienes que queremos, puesto que un instante de enfado destruye el mérito acumulado durante mil kalpas, ¿no perderemos, de hecho, todo nuestro mérito y, además, acumularemos actos muy negativos?
[Estrofa 61] ¿Qué sentido tiene vivir si la razón de nuestra vida —la purificación de los actos negativos y la acumulación de mérito— queda aniquilada al desaparecer el mérito y multiplicarse los actos negativos?
¿Qué sentido tiene no morir para seguir viviendo una vida dedicada solo a cometer cada vez más actos negativos? Realmente ninguno.
[Estrofa 62] Puede que digamos que la razón por la que nos enfadamos con los que nos dicen palabras hirientes es que si soportamos pacientemente toda clase de insultos y palabras ofensivas que nos digan, otras personas abrigarán ideas equivocadas sobre nosotros, que somos bodisatvas, y nos criticarán, lo cual acabará con su mérito y los hará caer en los reinos inferiores.
Pero entonces, ¿cómo es que no nos enfadamos igualmente cuando esas palabras ofensivas, críticas e ideas equivocadas van dirigidas a otras personas, como los seres sublimes que son superiores a nosotros? ¡Deberíamos enfadarnos también!
[Estrofa 63] Quizá digamos que no nos enfadamos cuando las palabras ofensivas van dirigidas a los demás porque quienes las dicen han perdido la fe en esos seres, incluso aunque sean seres sublimes, debido a que estos les han dado la impresión de tener un comportamiento inapropiado. Y puesto que los que han proferido esas palabras han perdido su fe en tales seres debido a esos últimos, no hay razón para enfadarse.
Pero en ese caso, ¿por qué no tenemos paciencia con los que nos insultan a nosotros? Cuando esas personas dicen esas palabras hirientes es debido a que han surgido en ellas emociones negativas sobre las que no tienen ningún control. Por lo tanto, deberíamos tener paciencia.
En resumen, cuando los demás sientan antipatía hacia nosotros, cuando nos creen obstáculos para conseguir lo que queremos, cuando nos insulten abiertamente o nos calumnien por la espalda, hemos de alegrarnos de poder cultivar la paciencia.
3/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS QUE TRATAN MAL A NUESTROS ALLEGADOS
[Estrofa 64] Cuando aquellos que no son budistas y algunos [budistas], por estar apegados a sus propias doctrinas filosóficas y sentir aversión a las de los demás, denigran y destruyen las estatuas, las estupas y los textos del Darma sublime —llevando así a cabo actos extremadamente dañinos, como el de cometer los crímenes de efecto inmediato y el de abandonar su propia tradición budista—, hemos de sentir compasión hacia ellos. No tiene sentido que nos enfademos. A los budas no les afecta ese comportamiento, pues su naturaleza no está compuesta. Y las imágenes del Buda y las representaciones del Darma están hechas de materia inerte, que no experimenta sufrimiento.
[Estrofa 65] Incluso cuando, al juzgarlos equivocadamente, desacreditan, roban los bienes o hacen daño de otro modo, a nuestros maestros espirituales, padres, allegados, amigos y compañeros del Darma, a los monjes que conocemos, etcétera, es su propio karma lo que ha provocado que sus agresores hayan hecho esas acciones. Y entendiendo que el sufrimiento aparece de los factores circunstanciales, como se ha explicado antes (en la estrofa 31: «Así pues, todo depende de otras cosas...»), hemos de disipar nuestro enfado.
[Estrofa 66] Los daños y agravios provienen por igual de las criaturas dotadas de mente, como los seres humanos, que de los objetos inertes, como el fuego, el agua, el viento, una roca que cae... Tanto unos como otros pueden por igual causar daño. También ambos dependen por igual de los factores circunstanciales y asimismo los dos por igual carecen de entidad propia, por lo que es ilógico que solo elijamos a los que tienen mente como objeto de nuestro enfado. Hemos de soportar pacientemente todo el daño que nos hagan, sin reparar en si ha sido causado por seres dotados de mente o por cosas carentes de ella.
[Estrofa 67] Algunos individuos incurren debido a su ignorancia en actos negativos, como los de robar, tener puntos de vista erróneos, menospreciar a los demás, abandonar el Darma, cometer crímenes de efecto inmediato...; mientras que otros, que no sienten compasión hacia ellos, debido a su ignorancia se enfadan y riñen con ellos. ¿Quiénes son inocentes? ¿Quiénes son culpables? De hecho, tanto los primeros como los segundos han cometido actos muy negativos y son igualmente culpables.
[Estrofa 68] ¿Por qué nuestros maestros, amigos, etcétera, cometieron, en el pasado, esos actos negativos que son, ahora, la causa de que otros los maltraten? Los efectos de sus acciones del pasado son ineludibles y ahora están madurando en ellos, por lo que no hemos de enojarnos. Puesto que todo depende del karma de cada uno, ¿qué sentido tiene que nos enfademos con los agresores?
[Estrofa 69] Habiendo comprendido la razón de todo eso, pase lo que pase, en vez de enfadarnos cuando alguien haga daño a nuestros allegados, hemos de perseverar en actuar positivamente reconciliando a nuestros amigos y sus enemigos, a fin de que todos ellos (nuestros allegados y sus enemigos) se liberen del enfado y tengan una actitud de amor mutuo.
[Estrofa 70] ¿Cómo se apaciguan los rencores o se evita que aparezca el enfado y el odio? Si, por ejemplo, hay un incendio violento en algunos edificios cercanos y el fuego amenaza con extenderse a otros edificios y, entre ellos, nuestra casa, lo juicioso es vaciarla de todo aquello inflamable que pueda ayudar a la propagación rápida de las llamas, como la paja y demás cosas, que aunque sean necesarias, son de menor importancia.
[Estrofa 71] Del mismo modo, cuando nuestros amigos u otros allegados, a quienes estamos apegados, son agredidos, primero el fuego del enfado los invade y los devora a ellos y a sus enemigos. Por temor a que ese fuego del odio y el enfado se extienda también a nuestra mente y se destruya el mérito acumulado durante mil kalpas, hemos de abandonar de inmediato cualquier apego que tengamos: a amigos, compañeros, etcétera. Eso significa, según se dice, que hemos de abandonar nuestro apego.
[Estrofa 72] Quizá pueda pensarse que si no ayudamos a nuestros amigos cuando alguien les hace daño, la gente nos criticará y pensará que somos totalmente despreciables.
Pero si, por ejemplo, a un hombre condenado a muerte por un crimen muy grave lo llevan al lugar de la ejecución y, en vez de matarlo, lo liberan tras haberle únicamente amputado una mano, ¿no sentirá que eso es mucho mejor?
De igual modo, ¿no será mucho mejor sufrir meramente sufrimientos humanos, como el de ser despreciado, que padecer las torturas del infierno?
[Estrofa 73] Si somos incapaces de soportar los sufrimientos actuales que los adversarios nos ocasionan a nosotros y a nuestros allegados, ¿cómo podremos soportar los tormentos de los infiernos?
Por tanto, ¿por qué no eliminamos el enfado de nuestra mente y de la de nuestros allegados, puesto que es la causa de los sufrimientos insoportables de los infiernos? Es realmente necesario que nos deshagamos de él.
[Estrofa 74] Puede que pensemos que estos sufrimientos humanos, como los que nos ocasionan los enemigos, son algo que no deseamos y por eso nos resultan insoportables.
El caso es que, hasta el momento, debido al apego a los objetos que deseábamos, miles y miles de veces hemos experimentado los horrendos e insoportables sufrimientos de ser despedazados por las espadas y abrasados por el fuego en los infiernos. Y nada de todo eso ha tenido ni la más mínima utilidad para los demás o para nosotros mismos. Todo ese sufrimiento ha sido completamente inútil.
[Estrofa 75] Las dificultades que experimentamos al cultivar la paciencia de aceptar el sufrimiento y no sentir resentimiento hacia quienes nos lo ocasionan no son nada comparadas con las inmensas aflicciones de los infiernos, como las de ser quemados y las demás. Además, esas dificultades de practicar la paciencia procurarán grandes beneficios para los demás y para nosotros mismos. Ese sufrimiento aceptado voluntariamente evita el daño causado a los seres en los reinos inferiores y es como una escoba que barre las acciones negativas y estimula el desarrollo de las buenas cualidades. No debería disgustarnos sino, por el contrario, hacernos únicamente sentir alegría.
4/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS QUE BENEFICIAN A NUESTROS ENEMIGOS
[Estrofa 76] Cuando los demás hablan bien de nuestros enemigos o de aquellos rivales de los que tenemos envidia, y disfrutan alabando sus buenas cualidades, ¿por qué nuestra mente no se alegra y disfruta también de esos elogios —según el adagio: «Cuando se alaban las cualidades de los demás, hemos de participar secundando los elogios»—, en vez de contradecirlos? Tenemos que alegrarnos, pues no tiene sentido que nos disgustemos.
[Estrofa 77] Es necesario que sepamos que quien habla bien de sus enemigos y rivales está contento y alegre. Es más, el placer mental que se obtiene de alabar a los enemigos no es como los placeres de disfrutar de la carne, las bebidas alcohólicas, el sexo, etcétera. Estos últimos son una fuente de sufrimiento en esta vida y las siguientes; por eso son faltas graves y los budas y los bodisatvas, que están dotados de todas las buenas cualidades, los han censurado y prohibido como si fueran veneno. Además, crean conflictos entre los seres y los dividen.
Por el contrario, la dicha de alegrarse alabando a los enemigos tiene cuatro beneficios, que son lo opuesto de los cuatro defectos anteriores: es la fuente de toda la felicidad en esta vida y las siguientes; no es un acto negativo, sino virtuoso, pues da lugar a la alegría y la felicidad ilimitada; los budas y los bodisatvas, que están dotados de todas las buenas cualidades, no solo no la prohíben, sino que nos animan a ello; y es el mejor modo de ganarse a los demás, porque los elogios, dichos sin envidia y con alegría, son las palabras más agradables que puedan escucharse, como se ilustra con el elogio que Drom Tompa hizo de las cualidades de Lama Khuwa.
[Estrofa 78] Si decimos que si elogiamos a los demás —a nuestros adversarios, etcétera—, ellos serán felices y estarán contentos, y, debido a nuestra envidia, esa es una felicidad que no deseamos, entonces hemos de dejar de remunerar o hacer regalos a nuestros empleados porque eso los hace felices. No obstante, si hacemos eso, saldremos perdiendo ahora y en el futuro. El trabajo se quedará sin hacer ahora y, en el futuro, no disfrutaremos de los resultados de la generosidad.
[Estrofa 79] En otras palabras, nuestra concepción de lo que hay que hacer y evitar está completamente tergiversada. Cuando los demás —como nuestros adversarios, etcétera— ven o escuchan que nuestras cualidades están siendo alabadas, deseamos que disfruten sumándose a esos elogios. Pero cuando los elogios van dirigidos a otras personas —como nuestros enemigos—, no estamos dispuestos a disfrutar de ello sumándonos a esas alabanzas, porque consideramos que eso los haría felices.
[Estrofa 80] Hemos generado la suprema bodichita porque deseamos establecer a todos los seres, cuyo número es ilimitado como el espacio, en la felicidad insuperable de la Iluminación. Entonces, ¿por qué nos enfadamos si ahora algunos seres, sin necesidad de que los ayudemos, consiguen por sí mismos ser un poco felices por tener algunos alimentos, vestidos y bienes? Es ilógico sentirse disgustados y enojarse por ello.
[Estrofa 81] Si, al haber tomado el voto de la bodichita, deseamos que todos los seres logren la budeidad perfecta y sean así objetos de veneración en los tres mundos (el mundo Sin Forma, el de la Forma y el del Deseo), ¿por qué ahora nos exaspera y nos hace sentir la insufrible tortura de la envidia ver que reciben de los demás las muestras de respeto más insignificantes (por no hablar de que los veneren)? Es algo que no tiene ningún sentido.
[Estrofa 82] Por ejemplo, si algún familiar que dependiese de nosotros —como nuestro padre, nuestra madre o algún otro pariente—, a quien de modo constante debiésemos mantener y proporcionar alimentos y vestidos, encontrase por sí mismo un medio de subsistencia, ¿no nos alegraríamos? ¿Nos enfadaríamos por eso? Enfadarse sería completamente absurdo.
[Estrofa 83] Si no deseamos siquiera que los seres reciban las muestras de respeto más insignificantes, ¿cómo podemos desear que alcancen la budeidad suprema? ¿Cómo puede alguien que ha generado la suprema bodichita estar disgustado y tener envidia por los bienes espirituales y temporales que otros disfrutan? Es evidente que esa persona no la ha generado.
[Estrofa 84] Cuando los lamas y los monjes que sienten envidia de otros de su mismo rango no soportan que estos sean servidos o reciban ofrendas, y están resentidos con los benefactores y con dichos beneficiarios, deberían reflexionar del modo siguiente a fin de contrarrestar su actitud mental:
«Tanto si su rival recibe un caballo u otro animal como si no se lo recibe y el animal se queda en el establo de la casa de su benefactor, en ningún caso va a ser para él. ¿Cómo puede importarle, pues, que el benefactor le dé o no el caballo a su rival? ¿Qué sentido tiene desear, por envidia, que no le dé el caballo a su rival y se lo dé a él? Es mejor permanecer ecuánime».
[Estrofa 85] Puede que, debido a la envidia, cuando los demás reciben bienes, nos irritemos y queramos tener más que ellos.
Pero ellos los reciben gracias al mérito que han acumulado previamente, a la fe que ahora tienen en el Darma y en los maestros, y a sus cualidades de erudición, disciplina y bondad, que sus benefactores aprecian y por ello les hacen ofrendas. Nosotros también podemos acumular mérito haciendo ofrendas, siendo generosos, etcétera. También podemos fortalecer nuestra fe en el Darma y en los maestros, y ser más tranquilos y disciplinados gracias a la práctica de la atención, la introspección vigilante y el cuidado, lo cual inspirará la devoción de los demás. Podemos también observar puramente la disciplina monástica y, por medio del estudio de las enseñanzas, adquirir la habilidad de distinguir adecuadamente entre lo que se ha de hacer y lo que no se ha de hacer. Podemos asimismo impregnarnos de compasión y bodichita. Y como resultado de todas esas cualidades, nosotros también dispondremos de las causas para recibir bienes sin ningún esfuerzo. ¿Por qué, debido a la envidia, nos resulta insoportable que los demás las tengan? ¿Por qué, debido al resentimiento, alejamos de nosotros esas causas?
Deberíamos, por el contrario, esforzarnos en asirnos a ellas.
De hecho, si deseamos a toda costa conseguir bienes, ¿por qué no nos enfadamos con nosotros mismos por carecer de esas causas? Ya que si dispusiéramos de ellas, los benefactores nos considerarían objetos dignos de sus donaciones y dispondríamos de abundantes bienes. Deberíamos echarle toda la culpa a nuestra propia envidia. En vez de enfadarnos con los demás, solo deberíamos enfadarnos con nosotros mismos.
[Estrofa 86] Puede que consideremos que aquellos de los que tenemos envidia son iguales que nosotros y por eso queramos que, si nosotros carecemos de algo, ellos tampoco lo tengan.
Pero el hecho es que por ignorar lo que se debe y no se debe hacer, cometimos acciones negativas tales como robar, que son la causa de que carezcamos de esos bienes. Y no solo no estamos arrepentidos ni apenados, sino que además queremos competir con los que han acumulado un mérito inmenso, observan la disciplina y saben distinguir entre lo que se ha de hacer y se ha de evitar, que son las causas de que consigan esos bienes. Esa actitud es equivocada. Y si nos resulta imposible no competir con ellos, compitamos acumulando mérito, observando la disciplina y sabiendo distinguir entre lo que se debe hacer y lo que se debe evitar.
Cuando anteriormente se definieron los objetos de la paciencia, se mencionaron primero los referentes a nosotros directamente y a nuestros allegados, y después se mencionaron los referentes a nuestros enemigos. De esas doce cosas que no deseamos que ocurran, el modo de cultivar la paciencia con lo que nos hace sufrir a nosotros se explicó detalladamente en tres apartados [207]. La paciencia con las otras tres circunstancias concernientes a nosotros —cuando nos tratan con desprecio, nos insultan y nos desprestigian—, la paciencia cuando ocurre lo que no deseamos a nuestros allegados, junto con la paciencia con los que benefician a nuestros enemigos, han sido expuestas de modo sucinto y es necesario que se expliquen y practiquen siguiendo las instrucciones precedentes [sobre el modo de cultivar la paciencia con lo que nos hace sufrir a nosotros].
En cuanto a la exposición concisa que sigue sobre los doce obstáculos que impiden que ocurra lo que deseamos, los referentes a los enemigos se exponen primero, según el método que se sigue en todos los tratados de empezar por la explicación más breve.
2.- CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS OBSTÁCULOS QUE IMPIDEN QUE OCURRA LO QUE DESEAMOS
1/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS OBSTÁCULOS QUE IMPIDEN QUE OCURRAN COSAS NO DESEABLES A NUESTROS ENEMIGOS
[Estrofa 87] Nos disgustamos con lo que impide que aquellos que no nos gustan se encuentren en alguna de las cuatro situaciones no deseables: sufrir, ser despreciado, etcétera. Por otra parte, cuando nuestros adversarios sufren o son desgraciados debido a que ha fallecido un ser querido, han perdido un rebaño, han sido atacados por sus enemigos, etcétera, deberíamos preguntarnos qué razones tenemos para alegrarnos, ya que eso no nos beneficia de modo alguno.
Y aunque pensemos que sí lo hace, desear que nuestros enemigos mueran o sean agredidos, y expresar verbalmente lo mucho que nos gustaría que les ocurriesen esas cosas a nuestros enemigos no pueden causarles el menor daño ni en esta vida ni en las venideras. Es algo totalmente inútil.
[Estrofa 88] E incluso si nuestros deseos hostiles les hiciesen sufrir, ¿qué razones tendríamos para alegrarnos? Es algo que carece de sentido. Puede que nos digamos que si nuestros deseos se cumplen antes de que muramos, seremos felices. Pero, ¿qué clase de felicidad es esa? ¿Puede haber algo más nefasto para esta vida o las siguientes? No solo nuestra malevolencia no causaría ningún daño a nuestros enemigos, sino que el arma de nuestros pensamientos maliciosos se volvería en nuestra contra y atraería toda clase de desgracias, del mismo modo que el imán atrae el hierro. Además, con esa actitud incurriríamos en la caída raíz de abandonar a los seres, por lo que en nuestra próxima vida caeríamos en el infierno y sufriríamos inmensamente.
[Estrofa 89] Del mismo modo que un pez queda atrapado en el anzuelo del pescador y luego este lo cuece en una olla, si quedamos atrapados en el anzuelo terriblemente afilado de los pensamientos maliciosos que ha sido lanzado por el pescador de las emociones negativas, sin duda alguna seremos arrojados al interior de una inmensa caldera ardiente de un infierno, en la que los esbirros del Señor de la Muerte nos cocerán durante un tiempo inmenso y sufriremos de un modo tremendamente insoportable.
2/ CULTIVAR LA PACIENCIA CON LOS OBSTÁCULOS QUE IMPIDEN QUE OCURRA LO QUE DESEAMOS PARA NOSOTROS Y NUESTROS ALLEGADOS
[Estrofa 90] Es absurdo que nos enfademos con los que impiden que seamos ensalzados con elogios y tengamos una buena reputación mundana. Porque, de hecho, toda la veneración y el respeto que los demás nos muestren con sus alabanzas y propagando nuestra buena reputación no nos aportarán mérito que nos beneficie en las vidas futuras ni aumentarán la duración de esta vida; no impedirán que enfermemos ni aumentarán nuestra fuerza; ni nos procurarán ningún bienestar físico, como el de meramente satisfacer el hambre o la sed.
[Estrofa 91] Si somos suficientemente inteligentes para saber lo que nos beneficia y cómo lograrlo, nos preguntaremos para qué pueden servirnos la fama y los elogios. Evidentemente, para nada.
Podríamos pensar que aunque no benefician al cuerpo, son buenos para la mente, ya que nos hacen felices y por eso son algo que deseamos.
Pero, entonces, si lo que nosotros [monjes] buscamos es meramente disfrutar, deberíamos también dedicarnos a acicalarnos, jugar, ir con mujeres, beber alcohol...
[208]
De ese modo Shantideva equipara el deseo de elogios y de una buena reputación a las cosas que no están permitidas a los monjes.
[Estrofa 92] La gente ignorante es capaz de hacer cosas absurdas. Para conseguir la reputación de que son los más generosos y los vencedores, son capaces de derrochar todo lo que tienen. Para ser célebres por su valor, van a la guerra y arriesgan su vida. Pero cuando uno ha muerto, ¿para qué sirve que los demás digan que «él supera a los demás» o que «él es un héroe»? ¿Quién disfrutará, entonces, de esas palabras? Nadie.
[Estrofa 93] Por ejemplo, los niños, que lo desconocen todo, se divierten construyendo castillos de arena, pero luego lloran desconsoladamente cuando estos se derrumban. Nuestra mente está igual de engañada que la de los niños pequeños que no saben nada. Cuando los elogios y la fama empiezan a decaer y deteriorarse, nos atormenta el dolor y somos desdichados.
[Estrofa 94] Cuando nos elogian, ¿qué es lo que nos hace sentirnos felices? ¿Es quizá el sonido de las palabras del elogio o tal vez el estado mental de las personas que nos elogian?
Los sonidos efímeros de las palabras pronunciadas por los demás carecen de intelecto y no pueden tener la intención de elogiarnos. No tiene sentido sentirse dichoso por ellos. Esas palabras son abstracciones, algo inmaterial, está fuera de lugar alegrarse por ellas.
Puede que digamos que lo que nos hace sentirnos felices es la alegría que otros sienten cuando nos elogian.
[Estrofa 95] Quizá la alegría que ellos sienten sea la causa de la nuestra. Pero ¿en qué puede beneficiarnos la alegría que otros sientan cuando alaban a nuestros allegados o a nosotros? En nada. Esa felicidad que sienten quienes hacen los elogios la experimentan ellos. Nosotros no experimentamos ni recibimos ni la más mínima parte de ella.
[Estrofa 96] Puede que pensemos que del mismo modo que un hijo se siente feliz de que su madre sea feliz, nosotros también nos sentimos felices de la felicidad que sienten quienes nos elogian.
Pero, entonces, para nosotros que seguimos la práctica de los bodisatvas, la felicidad de cualquier ser debería hacernos también sentir felices. ¿Por qué, entonces, cuando otros se sienten felices y disfrutan al elogiar a quienes no nos gustan, por ejemplo, nosotros, debido a la envidia, nos sentimos miserables? No es lógico. Esas dos actitudes son contradictorias.
[Estrofa 97] Cuando investigamos para saber si la satisfacción que sentimos al darnos cuenta de que nos están elogiando y hablan bien de nosotros proviene del estado mental de quien nos elogia o de sus palabras, descubrimos que nuestra satisfacción carece por completo de sentido. Es similar al comportamiento pueril de los niños, que se entusiasman con sus castillos de arena y se apegan a ellos.
[Estrofa 98] Seamos maestros o practicantes del Darma sublime, si nos elogian, nos veneran, nos hacemos famosos o ricos, etcétera, nuestra mente caerá en la agitación mental y la arrogancia, y estaremos cada vez más apegados a las posesiones. Y tratando de conseguir o asegurar los bienes y el respeto, no tendremos tiempo para el estudio y la práctica ni interés por ello. Estaremos enredados en todo tipo de ocupaciones y entretenimientos, y distraídos por las ocho preocupaciones mundanas. Estar así de perdidos en los objetos de deseo destruirá el poco hastío por el samsara y la poca determinación de abandonarlo que podamos tener.
Se dice que el samadhi o la concentración tiene lugar en las mentes que están hartas del samsara. Pero si no estamos hartos del samsara, no solo no tendremos concentración, sino que ni siquiera llevaremos a cabo las prácticas virtuosas del cuerpo o la palabra.
Si tenemos algunas cualidades elogiables, nuestra envidia hacia aquellos que son elogiados por sus excelentes cualidades será cada vez mayor y sus cualidades nos resultarán insoportables y nos irritarán. Y así es como se destruye todo lo excelente de esta vida y las venideras.
De todas las emociones aflictivas, la envidia es la peor. Cuando Nanda el Apasionado, Subhuti el Irascible y Chudapanthaka el Ignorante percibieron las cualidades del Tathagata, pudieron cambiar y transformarse. Por el contrario, Devadatta, que de hecho tenía algunos poderes sobrenaturales y había sido capaz de subyugar al rey Ayatashatru, no solo fue incapaz de percibir las cualidades del Buda (debido a la envidia que sentía de él), sino que además, debido a su malevolencia, cometió un crimen de efecto inmediato que le hizo renacer en un infierno.
[Estrofa 99] Puesto que nosotros también caemos en esos defectos, la gente hostil que está a nuestro alrededor y acaba con cualquier elogio que recibimos y asimismo con el respeto de los demás, nuestra buena reputación, nuestras ganancias..., ¿no estará ahí, de hecho, para protegernos de los infiernos y otros reinos inferiores a los que el apego a las alabanzas y a todas esas cosas podría hacernos caer? En vez de enfadarnos con ellos, deberíamos estarles agradecidos por su bondad y todo el bien que nos hacen.
[Estrofa 100] Después de todo, estamos tratando de liberarnos de la prisión del samsara en la que estamos encadenados por las emociones negativas. Por lo que, con toda seguridad, no necesitamos los elogios, la riqueza y los honores que nos encadenan aún más al samsara, del mismo modo que un preso encadenado en una prisión tampoco necesita más cadenas. ¿Cómo podemos enfadarnos con quienes nos ayudan a liberarnos de los grilletes del respeto y la riqueza, que nos mantienen aprisionados en el samsara y los reinos inferiores? No tiene sentido.
[Estrofa 101] Abrir las puertas a la riqueza y los honores, y aferrarse a ellos nos augura que renaceremos en los reinos inferiores. Y puesto que estamos decididos a sumergirnos de cabeza en los sufrimientos de los estados desdichados, debido al apego a las riquezas, los honores y demás, quienes nos impiden conseguirlos cierran el acceso a ese destino. Son como bendiciones de los budas. Viendo el modo en que nos benefician, ¿cómo es posible que nos enfademos con ellos? Deberíamos estarles agradecidos.
[Estrofa 102] Ni siquiera deberíamos enfadarnos aunque consideremos que, si nuestros adversarios nos privan de nuestros bienes, impedirán que llevemos a cabo acciones positivas, como hacer que se pinten imágenes o se elaboren estatuas u otras representaciones del cuerpo, la palabra y la mente de los budas; practicar la generosidad y la caridad; estar en retiro meditando y recitando... Como se ha explicado previamente, no hay ninguna otra ascesis o práctica virtuosa superior o comparable a la paciencia, ¿no tendríamos, pues, que cultivarla? Si queremos practicar lo que es virtuoso y acumular mérito, deberíamos tener paciencia.
[Estrofa 103] Si, debido a nuestros propios defectos —nuestro enfado, nuestra envidia...—, mientras los tenemos cerca haciéndonos daño e impidiendo que tengamos ganancias y buena reputación, no somos capaces de ser pacientes con nuestros enemigos, que son la causa misma de la paciencia —que es la mejor práctica virtuosa y el mérito supremo—, somos nosotros mismos los que nos creamos los obstáculos. Algunos comentaristas interpretan la palabra causa del texto raíz como paciencia.
[Estrofa 104] Sin enemigos o agresores, la paciencia no se manifiesta. Se manifiesta únicamente en presencia de quienes nos hacen daño. Por lo tanto, los enemigos son la causa indiscutible de la práctica de la paciencia, ¿cómo es posible decir que los enemigos son un obstáculo a nuestra práctica virtuosa y nuestro mérito? No tiene sentido, ya que son su causa. La falta de enemigos es lo que impide que aparezca la paciencia.
[Estrofa 105] Si un mendigo llega en el preciso momento en el que se están repartiendo limosnas, ayuda a practicar la generosidad y de ningún modo lo impide. ¿Cómo podría, pues, considerársele como un obstáculo?
Del mismo modo, para alguien que desea recibir la ordenación monástica, el abad que imparte la ordenación y los demás monjes [que se ordenan] constituyen las condiciones necesarias para recibirla. Sería absurdo que dijera que son un obstáculo para su ordenación.
[Estrofa 106] En esta etapa de decadencia del mundo, en el que la kalpa está en la fase de declive [209], abundan los mendigos, que son los soportes de nuestra generosidad. En cambio, en comparación con ellos, los abades o maestros que conceden la ordenación son raros. Y todavía más raros son los agresores, que son la causa de la paciencia. Eso se debe a que los bodisatvas solo ayudan a los seres y no les hacen ni el más mínimo daño. Y, así, estos no les agreden y se hacen amigos suyos. Incluso los seres maliciosos, en cuanto se encuentran con los bodisatvas, dejan de tener actitudes y comportamientos dañinos y se vuelven respetuosos y afables. Ejemplos de ello son la historia de un perro de caza y un ciervo que escuchaban juntos el Darma delante de Milarepa y la del lobo y la oveja que jugaban juntos ante Ngulchu Thogme Sangpo.
[Estrofa 107] Las causas para practicar la paciencia, que es el mérito supremo y la mejor práctica virtuosa, son raras. Por eso, igual que un hombre muy pobre que no cabe en sí de gozo cuando encuentra, sin esfuerzos ni dificultades, un tesoro inagotable de comida, vestidos y otras riquezas en su propia casa, no deberíamos sentir nada más que alegría cuando nos encontremos con un enemigo o alguien que nos haga daño, pues habremos encontrado algo sumamente raro: un soporte para cultivar la paciencia, que es la práctica suprema de los bodisatvas.
Hemos de ser como el gran lama Serkhangpa, que decía que su maestro era un bandido llamado Ñathubten. Desde el momento en que este le robó todo lo que tenía, Serkhangpa había abandonado su posición de lama de alto rango y empezado a vivir como un yogui libre de cualquier actividad mundana.
[Estrofa 108] Sin adversarios ni nadie que nos agreda, no podemos practicar la paciencia. Si nosotros logramos practicarla, es gracias a que ellos nos hacen daño y son hostiles con nosotros. Es justo que les ofrezcamos a ellos su primer fruto, ya que han sido su causa.
[Estrofa 109] Y si pensamos que nuestros adversarios no merecen esa ofrenda porque nunca tuvieron la intención bienintencionada de que practicásemos la paciencia, ¿por qué, entonces, hacemos ofrendas y veneramos al Darma sublime por ser la causa propicia de que logremos un inmenso mérito virtuoso en nuestro continuo mental? No deberíamos, porque el Darma nunca ha tenido la intención de inducirnos a que practiquemos lo que es virtuoso.
[Estrofa 110] Puede que protestemos ante esa conclusión diciendo que el Darma sublime no tiene la intención de hacernos daño, mientras que los enemigos sí la tienen y, por lo tanto, no merecen que les recompensemos. Pero si nuestros enemigos fuesen como los buenos médicos, que carecen de la intención de agredirnos y tratan únicamente de beneficiarnos y hacernos sentir bien, ¿cómo podríamos desarrollar la paciencia? Sería imposible, ya que no dispondríamos de su causa.
[Estrofa 111] Si se esforzaran en beneficiarnos, no podríamos engendrar la paciencia. Por el contrario, la engendramos gracias a los enemigos que nos agreden motivados por un odio profundo. Nuestros enemigos son, pues, la causa de que logremos tener paciencia. Y a pesar de que su intención no sea que practiquemos la paciencia, son merecedores de nuestra veneración, al igual que lo es el Darma sublime, pues son la causa de que hagamos lo que es virtuoso.
- RESPETAR A LOS SERES
- RESPETAR A LOS SERES POR CONSIDERARLOS UN CAMPO DE MÉRITO
[Estrofa 112] Gracias a los seres —como, por ejemplo, nuestros adversarios— podemos perfeccionar la paciencia y las demás virtudes. Por eso, al igual que los budas, los seres son un campo fértil de mérito en el que se puede cultivar la semilla de la budeidad, gracias a la cual se consigue de modo perfecto y completo tanto nuestro propio bien como el de los demás.
El Sabio —el Tathagata— los comparó a campos fértiles porque tomando a ambos como soporte se puede hacer brotar y crecer la cosecha del mérito virtuoso. En El sutra de la aspiración perfectamente pura se dice:
Gracias a haber usado previamente como soporte
el campo de los seres y el campo de los budas,
he obtenido la cosecha perfecta
de las innumerables cualidades de los budas.
Al principio, cuando se cultiva la sublime bodichita, uno se centra debido a la compasión en los seres y debido a la sabiduría en la budeidad perfecta.
Después, en una fase intermedia, las prácticas de los bodisatvas tales como las cuatro actitudes inconmensurables y [las paramitas de] la generosidad, la disciplina, la paciencia y las demás se basan principalmente en los seres, mientras que otras prácticas, como la del refugio, se basan principalmente en los budas.
Al final, cuando se ha alcanzado la budeidad totalmente perfecta, es necesario establecer a todos los seres en ese mismo estadio de la budeidad. Por eso se habla de los dos campos.
Como lo que dicen las escrituras se ha de corroborar por medio del razonamiento, aquí [lo dicho anteriormente sobre los dos campos] se justifica diciendo que muchos seres sublimes, por haber hecho felices a los seres mediante la práctica del amor y la compasión, y por haber complacido a los budas al practicar el Darma sublime, han logrado totalmente su propio beneficio y el de los demás, es decir, han obtenido la budeidad perfecta.
[Estrofa 113] Por lo tanto, para lograr las cualidades de la Iluminación perfecta —tales como las de las diez fuerzas, las cuatro clases de intrepidez [210], etcétera— necesitamos por igual de los seres y los budas. ¿Qué clase de práctica es, pues, la que respeta a los budas, pero no respeta a los seres? No sería la correcta, pues hemos de tener el mismo respeto por ambos.
[Estrofa 114] Desde luego se podría objetar que los budas y los seres no son iguales porque los primeros carecen de cualquier defecto y están dotados de todas las cualidades, mientras que los segundos son un cúmulo de defectos.
Pero en ningún momento se ha dicho que los budas y los seres sean iguales en lo que respecta a sus cualidades. Son iguales en el sentido de que gracias por igual a los budas que a los seres podemos conseguir las cualidades de la budeidad. Los seres tienen esa misma virtud que tienen los budas de hacer posible que logremos la budeidad. Desde esa perspectiva se dice que los seres son iguales o similares a los budas.
[Estrofa 115] Si hacemos ofrendas a alguien cuya mente se concentra en la absorción meditativa del amor, que es la esencia de la cuarta concentración, en el momento en que acaba de salir de ese samadhi pero aún no se han levantado de su asiento, el resultado de esa acción madurará rápidamente y lo experimentaremos en esta misma vida. Eso pone de manifiesto la grandeza de los seres, pues si ese ser se ha convertido en un ser extraordinario [211] es gracias a que se ha focalizado en los seres como objeto de su amor.
Por otra parte, cualquier acción virtuosa debida a la fe en los budas, como la ofrenda de una sola flor o una gota de agua, o el simple hecho de alzar una mano en señal de homenaje, engendra un mérito inagotable que conduce a la liberación. Y eso muestra la grandeza de los budas.
[Estrofa 116] En resumen, puesto que los seres contribuyen también a que podamos lograr las cualidades de la Iluminación, consideramos que los budas y los seres son iguales. Pero, desde luego, no son iguales en sus cualidades. Los budas tienen un océano ilimitado de excelentes cualidades: las diez fuerzas, las cuatro clases de intrepidez, las dieciocho cualidades distintivas, etcétera [212]. Y los seres no tienen estas cualidades.
[Estrofa 117] Las diez fuerzas y las demás cualidades supremas de la budeidad son únicas e inigualables. Si una mínima parte de esas cualidades se manifestara en algunos seres, ofrecerles los tres mundos repletos de toda clase de riquezas y las siete clases de sustancias preciosas no sería suficiente para venerarlos.
[Estrofa 118] Los seres no son iguales a los budas desde el punto de vista de sus cualidades, sin embargo, son copartícipes con ellos en hacer que se manifieste el supremo estado de la budeidad en nuestra mente. Simplemente a causa de esta cualidad, los seres son dignos, al igual que los budas, de que los veneremos. Ellos constituyen un campo que ha de ser venerado y complacido.
- RESPETAR A LOS SERES CON LA INTENCIÓN DE COMPLACER A LOS BUDAS
[Estrofa 119] Otra razón por la que es necesario respetar a los seres es que los budas son, sin ninguna doblez ni hipocresía, los mejores amigos de los innumerables seres, incluidos aquellos que les son hostiles (como Devadatta, a quien el Buda estimaba igual que a Rahula [su propio hijo]). ¿Existe otro modo de corresponder a todos los beneficios y la felicidad inconmensurable que los budas y los bodisatvas nos procuran y procurarán en esta vida y las futuras, que el de ayudar a los seres y beneficiarlos? Puesto que no hay otro modo de agradecer a los budas su bondad, hemos de hacer que los seres sean felices.
[Estrofa 120] En caso de que sea necesario, los budas y bodisatvas están dispuestos a renunciar al cuerpo, que es el resultado de cientos de méritos, e ir al infierno de las Torturas Máximas a fin de beneficiar y hacer felices a los seres. Si veneramos a los budas y los bodisatvas, y tenemos fe en ellos, podremos recompensar su bondad beneficiando a los seres. Por eso, aunque los seres nos hagan mucho daño —arruinándonos, por ejemplo—, hemos de saber aceptarlo y pensar únicamente bien de ellos, del mismo modo que los buenos discípulos interpretan de modo positivo cualquier cosa que hace su maestro.
[Estrofa 121] Y si anteriormente los budas y los bodisatvas, que son nuestros maestros y los de todos los seres, no se preocuparon ni de su propio cuerpo para beneficiar a los demás, ¿por qué nosotros, que no sabemos distinguir entre lo que se ha de hacer y lo que se ha de evitar, actuamos con orgullo y arrogancia? En vez de hacer eso, tendríamos que servirles con respeto. Deberíamos esforzarnos en hacer felices a los seres, igual que si fuéramos buenos sirvientes.
[Estrofa 122] Los budas se sienten complacidos cuando hacemos felices a los seres, que son para ellos como su único hijo. Y se apenan cuando se les hace daño. Beneficiando a los seres y haciendo, por ello, que sean felices, estamos también complaciendo a todos los budas. Y si hacemos daño a los seres y los hacemos sufrir, estamos también haciendo daño a todos los budas.
[Estrofa 123] Por ejemplo, aunque ofrezcamos todos los placeres de los cinco sentidos para que se deleite con ellos a un hombre cuyo cuerpo arde por completo en el fuego, no solo no podrá disfrutarlos, sino que eso le hará sufrir aún más. Del mismo modo, aunque hagamos ofrendas a las Tres Joyas, no hay ninguna posibilidad de que complazcamos a los budas y los bodisatvas dotados de una inmensa compasión mientras causemos daño y hagamos sufrir a los demás.
La gente que lleva a cabo los rituales rojos (ofrendas de carne y sangre) pone sobre el mandala carne y sangre, y proclama que invita a los budas y bodisatvas, y les hace esas ofrendas. Pero eso es igual que asesinar al hijo muy querido de una madre e invitarla a que disfrute de su sangre y su carne. Las deidades de sabiduría no podrán ni siquiera acercarse a esas ofrendas. Sin embargo, los demonios maliciosos y los espíritus negativos, que están ávidos de sangre y carne y disfrutan de ellas, vendrán a devorarlas. Eso solo podrá ser la causa de graves infortunios, en esta vida y las siguientes, tanto para quienes llevan a cabo dichos rituales como para sus benefactores.
[Estrofa 124] Todo el daño que hemos causado a los seres hasta este momento, con el cuerpo, la palabra y la mente, entristece a los budas y los bodisatvas inmensamente compasivos. En su presencia, ahora hemos de confesar con un gran arrepentimiento todos estos actos tan dañinos sin esconderlos ni disimularlos. Tenemos que comprometernos a que desde ahora no volveremos a actuar así y rogar a los budas y bodisatvas que nos perdonen por haberles contrariado actuando de ese modo.
[Estrofa 125] Desde ahora en adelante, a fin de complacer a los budas y sus herederos, hemos de asegurarnos de que dominamos nuestro orgullo y nuestra malevolencia hacia los seres, y ser los servidores de todos los seres del universo. Y, aunque una muchedumbre nos golpee con los pies, que son la parte más baja del cuerpo, en la cabeza, que es la parte más alta del cuerpo, o nos mate, no nos vengaremos aunque tengamos la oportunidad de hacerlo, sino que lo aceptaremos con respeto. ¡Que los protectores inmensamente compasivos de los tres mundos se alegren de ello!
[Estrofa 126] Es indudable que los budas inmensamente compasivos consideran a todos los seres como a sí mismos, como cuando el Buda se identificó con el cisne que Devadatta había herido con una flecha. Según las enseñanzas, cuando el Buda al principio engendró la bodichita, consideraba, en general, a todos los seres como si fueran su padre o su madre. Y más particularmente, consideraba a quienes eran mayores que él como si fueran sus padres; a quienes eran de su misma edad, como sus hermanos; y a quienes eran más jóvenes, como sus hijos e hijas. Considerándolos de ese modo, se identificaba con ellos. Mientras estaba en los caminos de la acumulación y la unión, se identificaba con ellos por medio del proceso de igualarse e intercambiarse (una práctica que se explicará posteriormente).
Desde que alcanzó el camino de la visión, al lograr la realización de la naturaleza última de las cosas, en la que ya no hay diferencia entre los demás y uno mismo, se identificaba con los demás de manera no dual.
Cuando, tras deshacerse de los dos tipos de oscurecimientos junto con las inclinaciones habituales asociadas a ellos, alcanzó la budeidad —es decir, cuando el darmadatu (el objeto) y la sabiduría primordial (el sujeto) se unieron, como agua con agua, en un mismo sabor libre de cualquier dualismo y no había ninguna traza de fenómenos duales—, los budas y las tierras puras fueron percibidos como una sola y misma cosa.
El cuerpo, la palabra y la mente del Buda abarcan la totalidad del espacio, hasta dondequiera que este se extienda. Como se dice en los sutras:
Hasta dondequiera que llega el espacio,
llegan asimismo los seres.
Y:
Hasta dondequiera que llega el espacio,
está presente el cuerpo de los budas.
Dondequiera que está presente el cuerpo de los budas,
está presente asimismo su palabra.
Dondequiera que está presente su palabra,
está presente asimismo su mente.
Como se dice en ese texto, hasta dondequiera que llega el espacio, hay seres, y el cuerpo, la palabra y la mente iluminados están presentes en todos ellos. Por eso, los seres nunca están separados de la mente iluminada. Sabiendo eso, los grandes seres iluminados consideran a los seres como a sí mismos.
Los seres están dotados de naturaleza búdica, en eso no hay diferencia entre lo que se denomina buda y lo que se denomina ser corriente. Los budas están completamente libres de la percepción dual que diferencia entre uno mismo y los demás. Que percibiesen esa dualidad implicaría que no habrían logrado la realización de la inexistencia del yo, lo cual es absurdo.
Así pues, tal como se ha explicado anteriormente, esos que las percepciones engañadas ven como seres tienen la misma naturaleza que los budas, los protectores. Y puesto que el sugatagarbha está presente en ellos, son de hecho los budas del futuro. Los sutras dicen:
El sugatagharba está presente en todos los seres.
Y:
La naturaleza búdica
—pura, inmaculada, luminosa,
imperturbable y no compuesta—
tiene la característica de estar presente desde siempre.
Para apoyar lo que dicen estos pasajes con un razonamiento, el protector Maitreya dice en La continuidad suprema:
Puesto que el cuerpo de la budeidad perfecta lo abarca todo,
puesto que no pueden hacerse diferenciaciones en la realidad tal cual es
y puesto que todos los seres son del linaje de los budas,
todos tienen la naturaleza búdica desde siempre.
Dado que está respaldado tanto por las escrituras como por el razonamiento que los seres son de hecho budas, ¿cómo es posible que no los tratemos con respeto? Del mismo modo que respetamos a los budas, hemos de respetar a los seres. La budeidad no es posible, si se abandona a los seres.
[Estrofa 127] Dicen las enseñanzas que hacer felices a los seres es el mejor modo de complacer a los budas y también que beneficiar a los seres es el modo supremo de lograr realmente nuestro propio beneficio. Además, si los seres son felices, son capaces de actuar correctamente. Ese es, por lo tanto, el modo supremo de eliminar todos los sufrimientos del mundo. Por eso, hemos de esforzarnos sin cesar en hacer felices a los seres.
- RESPETAR A LOS SERES POR PENSAR EN LAS CONSECUENCIAS DE BENEFICIARLOS Y PERJUDICARLOS
[Estrofa 128] Si, por ejemplo, un ministro o algún otro representante del rey hiciera daño a multitud de seres (imponiéndoles impuestos exorbitantes, castigos...), aquellos capaces de ver más allá de lo inmediato no los agredirían aunque pudiesen. Por el contrario, los obedecerían y complacerían en todo.
[Estrofa 129] Porque saben que ese hombre no está solo e indefenso, sino respaldado por el poder del rey y de todos los demás ministros. Del mismo modo, no hemos de subestimar ni siquiera al más débil de los seres que nos hagan daño, como los piojos y sus huevos, y destruirlos con desprecio.
[Estrofa 130] Pues es como si tuvieran como aliados a los aterradores vigilantes de los infiernos (que pueden vengarlos cociéndonos, asándonos...) y asimismo a los sumamente compasivos budas y bodisatvas (que se sentirán afligidos por nuestras faltas y, a causa de ello, no podremos encontrarnos con ellos ni ser objeto de su compasión). Por eso hemos de hacer todo lo posible para complacer a todos los seres, igual que los súbditos de un rey iracundo e implacable (que por la más mínima falta los ejecutaría o les impondría otros tremendos castigos) se esforzarían por todos los medios posibles para contentarlo.
[Estrofa 131] La realidad, de hecho, es mucho más temible que el ejemplo dado. Los beneficios y los daños resultantes no son para nada comparables. Por mucho que se disguste y enoje un rey, lo máximo que puede hacer es matarnos o incautar los bienes que tengamos en esta vida. Pero si causamos dolor a los seres, tendremos que sufrir en los infiernos en las vidas futuras. Obviamente un rey no puede hacer eso.
[Estrofa 132] Y por mucho que complazcamos a un rey y hagamos que esté contento, él solo podrá recompensarnos con poder, influencia, riquezas y demás bienes de esta vida. Pero no podrá concedernos el estado último de la budeidad, que podemos obtener complaciendo a los seres y haciéndolos felices.
[Estrofa 133] Si somos pacientes y ayudamos y hacemos felices a los seres, en el futuro obtendremos el fruto último de la budeidad perfecta. Pero además de eso, en esta misma vida conseguiremos resultados inmediatos, como ser apreciados por los demás y que aumente nuestra gloria y nuestra prosperidad, que son la base del éxito, y también nuestra buena reputación. Debido a ello, en cualquier lugar y en cualquier compañía que estemos, no haremos más que ayudar y hacer felices a los demás, lo que hará que seamos felices y nos encontremos bien física y mentalmente. ¿Cómo es que no nos damos cuenta de que obtendremos esos beneficios?
[Estrofa 134] Como resultado de cultivar la paciencia, en nuestras vidas futuras, mientras sigamos estando en el samsara y hasta que madure el fruto de la Iluminación, disfrutaremos de un cuerpo atractivo y bello con todas las partes y sentidos completos. Y por no hacer daño a los demás, no nos afligirán las diferentes enfermedades. Por haber ayudado y hecho felices a los demás, gozaremos de una reputación excelente, seremos cada vez más felices y viviremos una vida longeva y dichosa. Y disfrutaremos la dicha perfecta y completa de un chakravartin, un monarca universal que posee las siete posesiones preciosas [213] y es capaz de establecer a sus súbditos en la práctica de las diez acciones virtuosas.
Aquí concluye el sexto capítulo del Bodicharyavatara, sobre la paciencia, que muestra cómo cultivarla cuando aparece el veneno del enfado, como resultado de la sensación de descontento producido por experiencias sutiles de apego y aversión, las cuales (resulta difícil de reconocer que) son debidas a las ocho preocupaciones mundanas.
